El tránsito

Eduardo Jordá

Ya llega el verano

ODETTE Elina, una judía francesa que sobrevivió al campo de exterminio de Auschwitz, contaba cómo un día, junto a otras mujeres, le dieron la orden de destruir doscientos cochecitos de bebés. Doscientos, uno detrás de otro, con sus almohadas y sus sonajeros y sus muñequitos de peluche todavía colgando sobre el cabezal. Las mujeres cumplieron la orden (¿qué otra cosa podían hacer?), así que llevaron los cochecitos a uno de los hornos crematorios y los fueron arrojando al fuego, sabiendo muy bien lo que les había ocurrido a los niños que habían ocupado aquellos cochecitos. Y mientras tanto, a diez kilómetros de Auschwitz, o incluso dentro del mismo campo, los pájaros cantaban y la esposa de uno de los guardias silbaba una canción mientras tendía la ropa.

Ayer estaba mirando unas fotos que el fotógrafo Carlos Pérez Siquier tomó en la Isleta del Moro, en la costa de Almería, hacia 1970. Casas de pescadores, cal, redes, pitas, una mujer que se lava el pelo en una tinaja, un hombre que fuma mientras acaricia a su perro, y el mar, el mar por todas partes, un mar que parece recién hecho, como en el primer día de la creación. Éste es el mar que se ha tragado a los nueve niños africanos que murieron de hambre y sed en una lancha de inmigrantes clandestinos, a veinticinco millas de la costa almeriense. Algunos de esos niños fueron arrojados al mar delante de sus propias madres, y las madres tendrán que convivir con ese recuerdo, si es que se puede convivir con ese recuerdo. Cada viajero de aquella lancha de ilegales había pagado 1.200 euros por el viaje, o sea que una madre que viajase con dos hijos había pagado 3.600 euros, que ahora ya se habrán convertido, en manos del organizador del viaje, en el primer pago de un bonito Masserati.

Hemos aprendido a vivir dándole la espalda al horror, pero de alguna manera convivimos con él, como también podemos convivir con una fábrica de celulosa o con un vecino ruidoso. Y los niños son arrojados al mar mientras nosotros fingimos que no sabemos o que no podemos hacer nada, y poco a poco, los inmigrantes que mueren mientras intentan cruzar el Estrecho se están convirtiendo en las víctimas de un nuevo Holocausto que no tiene aún responsables directos, aunque sí tiene cómplices y encubridores y beneficiarios. Desde luego que nosotros no arrojamos a nadie al fuego, pero dejamos que las barcas de inmigrantes ilegales vayan y vengan como si fueran alegres cruceros veraniegos. Y si alguna vez alguien se ahoga en el mar, o muere de hambre y lo arrojan por la borda después de haber pagado 1.200 euros por el pasaje (¿había rebajas para niños?), procuramos olvidarnos en seguida y pasar a otra cosa, que ya llega el verano y no es momento de perder el tiempo con cosas feas.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios