La ciudad y los días

carlos / colón

Ni lobos, ni solitarios

LOS últimos atentados perpetrados en Francia (no contra Francia, porque todos están dirigidos contra Occidente y sus valores, se produzcan en el país en el que se produzcan) tienen un fuerte componente simbólico. Se ha atentado contra el ejército (Toulouse y Mauntauban, marzo 2012: tres militares asesinados), un colegio judío (Toulouse, 19 de marzo de 2012: tres niños y un profesor asesinados), la libertad de expresión (París, 7 de enero de 2015: asalto a Charlie Hebdo, 12 víctimas), una tienda de alimentación judía (París, 9 de enero de 2015, cuatro asesinados), el teatro Bataclan y terrazas de cafés (París, 13 de noviembre de 2015: 130 víctimas), la Policía (Magnaville, 13 de junio de este año: un policía y su mujer asesinados ante su hijo de tres años). Y ahora contra Niza, uno de los símbolos del saber vivir francés y una de las cunas del turismo europeo, puesta moda por la reina Victoria que pasó temporadas de invierno en el Hotel Régine siguiendo una costumbre establecida por los primeros residentes ingleses que en 1836 costearon el lujoso paseo al que dieron nombre.

En el caso francés saben lo que atacan. Unas veces lo hacen contra la ciudadanía en general (Bruselas o Madrid) y otras parecen querer profanar los santuarios del conocimiento (Londres: atentado en Tavistock Square, Bloomsbury, el barrio de Darwin, Dickens, J. M. Barrie, Virginia Woolf y el grupo de escritores al que dio nombre). ¿Casualidad? Tal vez. O tal vez no. El caso francés parece más claro. No sólo se trata de asesinar el mayor número de víctimas posible, sino de señalar como objetivos colectivos (militares, policías, judíos, periodistas) y lugares (teatros, redacciones de periódicos, cafés, paseos de fama internacional) que simbolizan valores y formas de vida.

Prensa y autoridades deberían ser cautos al utilizar la expresión "lobos solitarios" -Antonio Casado lo advertía a los pocos minutos del atentado- porque transmite la sensación de actuaciones descoordinadas llevadas a cabo por individuos desequilibrados que no forman parte de nada y nada representan, cuando en realidad son soldados y quintacolumnistas de esta rara guerra que el numeroso e infiltrado islam radical ha declarado a Occidente. Una guerra, sí, y no terrorismo como el hasta ahora conocido, ya fuera de extrema derecha, extrema izquierda o nacionalista irlandés y vasco. Reconocerlo es el primer paso para intentar ganarla.

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