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Mariló Montero

La lotería del Nobel

DURANTE esta semana se ha venido produciendo la tradicional lluvia de los Premios Nobel. Siendo osados y sin pretender causar ofensa alguna, podríamos compararlo con la Lotería Nacional. La diferencia estribaría, entre otras cuestiones de fondo y a efectos sociales, en que la suerte está limitada a unos cuantos cerebros y, por consiguiente, la emoción por conocer la combinación de letras que componen el nombre propio queda acotada a los agraciados y sus familiares. Que los miembros del jurado del Nobel combinen las letras para que coincidan con tu nombre es más difícil que tu número del billete coincida con las bolitas que escupe el bombo. Ni pasando por Harvard.

Se darán cuenta de que los primeros Premios Nobel que anuncia el Comité son menos efectistas, como los de Física, Química o Medicina, dejando para el final de la semana los más gordos, los que trascienden a la sociedad que por algún motivo termina hablando de ellos: el de Literatura y el de Paz. Esto podría llevarnos a pensar que el grado de interés que despiertan estas condecoraciones estaría promovido de manera consciente por el propio jurado, quien discriminaría, por categorías, a los premios y premiados.

Unos pertenecerían a la categoría de pedrea y otros, Literatura y Paz, a la del Gordo de Navidad. Esto no es más que una demostración injusta del valor y una degradación hacia el esfuerzo de los individuos que investigan para acabar con enfermedades que siguen matando a millones de personas en el mundo. Resulta ser más fundamental el de Química, que con su proteína verde fluorescente los investigadores han podido ver cómo se propagan las células cancerígenas o el deterioro celular en enfermos de alzhéimer, que el de la Paz que nunca se alcanza ni avanza. O el de Medicina, cuyos científicos galardonados han identificado el virus del papiloma humano y del SIDA. Lo del de Física se entiende menos: han reconocido que el mundo no se comporta simétricamente.

A pesar de todo y de todos ellos, el galardón que se lleva la palma en expectación, repercusión y fama es el de Literatura siempre acompañado por la polémica. Por él se producen debates previos lejos de su esencia puramente literaria que pasan, inexorables, sobre si debe ser para una mujer, para un poeta o novelista, para un estadounidense o un europeo, por una ideología política o para Vargas Llosa. Con el de Literatura salta, asimismo, una presuntuosa actitud, como con ninguna otra categoría, entre algunos profesionales mediáticos cuando se aligeran a decir que es un autor de su cabecera.

La Lotería Nacional deja una curiosa enseñanza: al afortunado del Gordo no se le llega a conocer y los de la pedrea llenan páginas en la prensa. Aunque al final se les pregunte lo mismo: ¿y qué va a hacer con el dinero?

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