Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

La lotería y los viernes

EN el pueblo donde vivo se repite cotidianamente un hecho extraordinario y casi secreto: todos los bebés echan a andar los viernes. Se trata, comparado con otros acontecimientos fantásticos, como la resurrección de los muertos, de un prodigio modesto. Mi hijo andaba por los once meses cuando un vecino nos informó, como quien hace una confidencia, del portento que pronto íbamos a presenciar. La revelación tenía también algo de manual de instrucciones para forasteros. Al principio nos pareció increible y nos reímos mucho y, sin respetar la prudencia que habíamos visto en los residentes, comentamos el hecho con otros amigos reclamando su complicidad en el despropósito.

Pero para nuestra sorpresa nadie se burlaba de aquella invención. La razón era sencilla. El fontanero, el panadero, el amigo de las casa de abajo, la empleada de la farmacia, todos, en fin, habían había dado sus primeros pasos un viernes. Y no sólo eso, también, como pudimos comprobar, sus hermanos, sus padres y abuelos. Todos lo admitían con una mezcla de naturalidad y reserva:"Sí, claro, yo también caminé en viernes". Y pasaban a hablar de otra cosa.

Los testimonios eran abrumadores. El pueblo había empezado a caminar un viernes. Nosotros nos dispusimos a esperar que la gracia del viernes tocara a nuestro hijo pero, y ese fue nuestro error, no nos resignamos a esperar el día señalado y también lo animábamos a corretear el resto de la semana. Hasta que un día fuimos descubiertos: "¿Pero cómo se os ocurre animarlo a caminar un martes? Es inútil, no echará un solo paso. Dejadlo tranquilo. Tened paciencia, Ya llegará el viernes y entonces lo ponéis erguido desde por la mañana y esperáis... Y si no ese viernes, otro".

Así descubrimos el mecanismo del milagro de los viernes, muy parecido, por cierto, al que sostiene la reputación de determinadas administraciones de lotería, como la de Sort o la de Doña Manolita. Muchísimas personas compran allí su décimo de Navidad porque siempre toca y cada año son más los apostantes que compran en sus despachos. Y de ese modo, tal día como hoy, se repite el portento. Es más, si todos los españoles confiáramos en ellas y sólo en ellas, y dejáramos de comprar en otros sitios, todas las Navidades darían el premio mayor (y el segundo y el tecero), y el prodigio acumularía tantas pruebas que sería irrebatible. Otros creen en el tres y juegan e insisten en el tres hasta que ocurre la circunstancia que confirma la corazonada.

La lotería y los viernes. No seré yo quien destripe los sutiles mecanisnos de la ilusión. El azar suele ser tan despiadado que nadie tiene derecho a revelar las licencias que sustentan los sueños. ¡Suerte!

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