Por montera

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En un lugar de Cervantes

EN un lugar de Cervantes, de los tantos que nos legó, existen las herramientas necesarias para hacer de la nuestra una sociedad mejor, un mundo del que conozcamos sus claves. Sobre todo, en el caso español, o al menos, en español. Cervantes escribió con una claridad que difícilmente se ha igualado después, y por eso sus escritos siguen limpios, listos para ser leídos. Y a pesar del pesimismo racheado que suele azotar las opiniones culturales, tengo que decirles que en las últimas semanas he albergado la esperanza. Les digo esto porque ha dado la casualidad de que me he encontrado a varias personas de distintas edades, leyendo El Quijote. Tal cual.

Y es que existen ediciones para gente dada a las costumbres clásicas, con grandes tapas, encuadernaciones de salón e ilustraciones deliciosas, como las de Gustave Doré o la serie que Salvador Dalí le dedicó al caballero de la triste figura. Alonso Quijano siempre fue una de las obsesiones que acompañó al pintor surrealista. Hay ediciones para jóvenes. De bolsillo. De batalla. De las que sabes que van a ir quedando señaladas por las distintas lecturas y por los vaivenes en que se desarrollen. Encontramos también ediciones con letra más grande, para aquellos ojos a los que les va costando engarzar el pequeño cuerpo de las líneas de los tomos más reducidos. Y una de las personas que ha retornado a la obra cumbre de Cervantes he sido yo misma.

Les puedo decir que he blandido mi Quijote frente al océano. Pasé unos días de asueto y mi equipaje principal fue una primera parte de El Quijote por la que me he ido deslizando lo mismo que el barco sobre las aguas. Recordar la prosa de Cervantes, esa claridad de la que les hablaba al principio, siempre resulta conmovedor. Tanto lo es que puedo comparar el hallarse inmersa en los párrafos cervantinos con sumergirse en el océano, allá por donde pasan las jurisdicciones del tiburón. Esta mañana leí en la prensa a un estudioso que afirmaba que Cervantes llevaba gafas a lo Quevedo. Si era así, se las hicieron tan bien graduadas que le permitieron ver, interpretar, leer y escribir el mundo como muy pocos han lo han hecho. Si esta obra, la cervantina, no sólo El Quijote, fuese francesa, inglesa, estadounidense... ¿se imaginan? Seguramente habría una cultura total en torno a ella, en la calle y no sólo en las academias. Y un sistema educativo siguiendo esa claridad, esos valores, esa clarividencia. ¿Y si empezásemos por ahí, por encontrarnos en esos textos? En un lugar de Cervantes...

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