EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Ese lugar no existe

NO sé si Rajoy tiene un "negro" que le escriba los discursos, igual que Obama tenía al jovencísimo Jon Favreau, pero en su discurso de investidura se coló una frase que parece salida de una tragedia de Shakespeare, tal vez del último acto de Hamlet: "No se trata de recuperar lo que se fue ni de regresar al lugar que ocupábamos, porque ese lugar ya no existe".

Ese lugar, que es el lugar de la prosperidad y de la felicidad, ya no existe. ¡Glups! Cuando oí la frase en la televisión, sentí un escalofrío. Y no porque la frase me pareciera exagerada, sino porque ninguno de nosotros está acostumbrado a oír verdades tan rotundas como ésta. Llevamos muchos años adormecidos por las frases neblinosas que en realidad sólo servían para escenificar un combate amañado en un teatro de marionetas. Y las únicas ideas que hemos oído eran subterfugios destinados a convencernos de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles y que nunca íbamos a dejar de vivir en el mejor de los mundos posibles. Por eso mismo me dejó estupefacto ese bombazo de realidad. Me pasó lo mismo que el día en que me desperté con una resaca terrible y descubrí que acababa de cumplir treinta años.

Ahora le ha tocado decir la verdad a Mariano Rajoy, supongo que obligado por las circunstancias. Y la verdad es ésta: en estos últimos veinte años, mientras vivíamos la mejor época de prosperidad y de beneficios sociales de nuestra historia, se ha producido un silencioso seísmo económico que lo ha cambiado todo. Y al mismo tiempo que aquí se inauguraban líneas de AVE y autovías y hospitales, el mundo cambiaba para siempre. Nosotros éramos un país envejecido y poco productivo en el que hacían su agosto los delnidos y los urdangarines, un país que dilapidaba el dinero público y que trabajaba poco y mal, y lo que es peor, un país que se había olvidado de la moral del esfuerzo y de la responsabilidad, aunque por suerte había tres o cuatro millones de ciudadanos que seguían cumpliendo silenciosamente con su deber.

Y ahora que ese mundo engañoso se ha acabado, toda nuestra sociedad está obligada a reconocer la verdad: desde los empresarios que viven muy bien a los sindicatos que también han vivido muy bien, desde los pícaros y los sinvergüenzas a los ciudadanos que cumplen con su deber y que están hartos de ser los únicos que cumplen con su deber, y desde los trabajadores que cobran una miseria a los jubilados que también cobran una miseria. Y lo primero de todo, la clase política tendría que dar ejemplo suprimiendo todos los gastos superfluos que benefician a los políticos y a los poderosos. Porque si no, los ciudadanos nunca querremos aceptar esa verdad tan dolorosa que nos anuncia que ya no existe ese hermoso lugar en el que fuimos felices.

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