La ventana

Luis Carlos Peris

De una luz con manto verde y mariquillas

RECIÉN abierta la Basílica, mucho frío en la calle y una calentura enorme dentro al calor de una luz única bajo manto verde y mariquillas en el pecho. Hacía poco que el sol joven y fuerte se había abierto hueco en los altos cielos de Sevilla para anunciarnos que estábamos en la onomástica de esa luz única, incandescente, que llenaba de un calor reconfortante la estancia. Y aparecía esa luz más cercana que nunca, a ras de tierra, con la escolta entrañable de dos pajecillos mientras una hilera de fieles de verdad, de esos auténticos que van a verla cuando nadie les ve, guardaban turno para rendirle pleitesía mediante el rito del besamanos. Y allí, envueltos en el calor de esa mirada incomparable y preñada de misterio, recibía uno la impresión de estar en el corazón de un nirvana que te elevaba para que en la retirada sintiese uno muy dentro la mirada de esta bella moza ya salida de cuentas. Luego, cuánto frío junto al Arco.

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