La tribuna económica

Rogelio / Velasco

La maldición de los recursos naturales

UN paseo por el Barrio Norte de Buenos Aires traslada al observador al centro de París, la City de Londres o la calle Serrano de Madrid. Impresionantes edificios oficiales de finales del S.XIX, rascacielos de cristal de 50 plantas, tiendas de lujo de las mejores firmas internacionales. La estética refleja la apariencia de un país del primer mundo. A veces, nada es más engañoso que lo aparente. Si de la zona norte viajamos a la sur, el panorama se vuelve desolador. Miles de chozas bordean la ciudad configurando un laberinto gigante, sin servicios, sin leyes: el Estado no existe. Se retrata la estructura social del país. Esas mismas diferencias abismales son patentes si se viaja al interior. Argentina -desde donde envío estas líneas- no es, ni de lejos, sólo Buenos Aires.

Al contrario que sus vecinos, Brasil y Chile, los argentinos vuelven a temer por su futuro. Curtidos en el comportamiento volcánico que tradicionalmente ha mostrado la economía, esperan que en cualquier momento se vuelva a producir un batacazo que acabe con las esperanzas de un futuro próspero y previsible.

La sabiduría popular asocia los recursos naturales con la riqueza de un país. Pero la abundancia de recursos, por sí misma -estén en el suelo, en el subsuelo o en el aire, como el sol- no explica la prosperidad de las economías. Son, más bien, las capacidades para explotar, transformar y comercializar en los mercados internacionales las que explican la riqueza de los países. Más recientemente, la formación, el conocimiento y las tecnologías explican mejor el desarrollo de actividades en torno a los recursos naturales que la abundancia misma de éstos. Tenemos próximo el magnífico ejemplo de Almería.

La propia abundancia de recursos puede dañar, más que beneficiar, el crecimiento y la creación de riqueza. La abundancia juega un papel anestésico, al frenar la innovación y la diversificación, sobre las actividades fuera de los sectores que explotan los recursos. Tener garantizada la carne y el trigo evita hambrunas, pero aletarga la capacidad de los agentes en sectores escasamente innovadores. La historia comparada nos enseña que hay, desde luego, excepciones. Pero se han producido en países con un marco institucional muy favorable a la promoción de la competencia, la internacionalización y la estabilidad de las normas que estimulan la innovación y la diversificación productiva.

Nada de eso sucede en Argentina. El marco institucional en que se desenvuelven las empresas experimenta cambios frecuentes y están más relacionados con la protección de intereses particulares próximos al poder político que con razones objetivas para mejorar el desarrollo económico. En Argentina, los empresarios -especialmente los extranjeros- tienen que dedicar tanta o más energía a evitar que el gobierno cambie una ley o a que un competidor presente una demanda descabellada en un juzgado, que a preocuparse por el negocio. Fuera del sector agropecuario, Argentina no ha producido nunca nada de calidad. El día que lo veamos, será la mejor manifestación de que superado la dependencia de los recursos naturales y de que el marco institucional se corresponde con la de un país del primer mundo.

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