El tránsito

Eduardo Jordá

La maleta perdida

LOS domingos por la mañana, el padre de Orhan Pamuk, el escritor turco que ganó el Premio Nobel de Literatura en 2006, lo llevaba en su Ford Taurus a recorrer las calles de Estambul. Durante uno de aquellos paseos, el padre le contó al hijo que tenía una maleta llena de manuscritos y de poemas escritos en París, pero que un tironero se la había robado durante un viaje a América. En cierta forma, aquella maleta perdida encerraba la vida del padre de Pamuk, que quiso ser escritor y acabó fracasando en todos los negocios que emprendió. E incluso podíamos sospechar, al leer la historia de la maleta robada -tal como el hijo la contaba en su libro Estambul-, que era un invento del padre, con el que éste pretendía que su hijo se hiciera una idea mejor de él y le perdonara sus desapariciones y sus largas ausencias de casa.

Uno siempre fantasea con las maletas de su padre. Las vemos pasar una y otra vez ante nosotros, y nunca sabemos qué es lo que hay dentro. Aparte de las camisas y las americanas, nos preguntamos qué habrá allí. ¿Cartas? ¿Libros regalados por alguien que no conocemos? ¿Cuadernos con apuntes sobre la vida y la muerte, o sobre la religión, o tal vez sobre el sentido último de la vida? ¿O más bien un relato detallado de nuestra vida contada desde el punto de vista de nuestro padre, ese ser que ve en su hijo -y ese hijo somos nosotros- a alguien a quien tal vez le cueste mucho reconocer y cuya conducta no consiga explicarse, porque le parece extraña o estúpida o incluso absurda? Ahora mismo, mientras escribo esto, estoy oyendo jugar a mi hijo en la habitación de al lado, y me pregunto qué imaginará que llevo en la maleta cada vez que me voy de viaje, y qué cosas creerá que hago cuando estoy lejos de casa, tal vez en un hotel de París. ¿A quién veo allí? ¿Con quién me trato?

Hay muchos aspectos de la vida de las personas más próximas a nosotros que siempre permanecerán a oscuras. En 2006, tres años después de haber escrito Estambul, Orhan Pamuk aclaró la historia de la maleta de su padre en el discurso que pronunció en Estocolmo cuando recibió el Premio Nobel. Y por lo que dijo en el discurso, la maleta llena de manuscritos existió de verdad, y nunca fue robada por un tironero americano, ya que su propio padre se la entregó dos años antes de su muerte. A Pamuk le costó mucho mirar el contenido de la maleta. Prefería recordar a su padre como el hombre afectuoso e irónico que le había animado a escribir, antes que como un escritor frustrado que escribía en habitaciones de hotel. Es fácil entender la actitud de Pamuk, ese recelo ante lo que nuestros mayores han hecho mientras nosotros no existíamos para ellos. Y me pregunto qué dirá mi hijo cuando un día se encuentre una maleta llena de papeles viejos.

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