José Ignacio Rufino

Los malos amigos de Rajoy

Con una reforma laboral que satisface sus aspiraciones declaradas, la CEOE parece sufrir ataques de incontinencia.

TENGO para mí que el prietas las filas es mucho más un rasgo del PSOE que del Partido Popular, donde las aspiraciones de promoción y liderazgo de los barones y otros altos cargos son más indisimuladas que en los socialistas, que acaban peleándose ante el mundo y moviéndose la silla a las claras sólo cuando las campanas tocan a rebato y los puestos a ocupar son menguantes. Más allá de las disidencias y ocurrencias de pesos pesados como Aznar, Aguirre, Rato o Gallardón, en el nuevo Gobierno ha surgido otra cabeza reluciente con ganas de chupar cámara. José Ignacio Wert -sociólogo pero de profesión político, probablemente un ministro útil si se contuviera- ha metido la pata en varias ocasiones, y de manera innecesaria. En el mejor de los casos, por incontinencia tras muchos años en la recámara; en el peor, con un vedetismo intencionado que perjudica a su jefe, el presidente Rajoy. Entre otras perlas epatantes, Wert dijo -para desdecirse después, claro- que nuestro deporte profesional es sucio. "Tenemos un problema de dopaje", soltó justo el día en que Rajoy abrazaba y defendía a Nadal con el mismísimo Rey haciéndole los coros. Es sólo un ejemplo de los enanos que le pueden crecer a Rajoy en sus propias filas como no demuestre una severidad que, en apariencia al menos, no se le presume. Pero el principal enano que le ha crecido al Gobierno se llama CEOE.

¿Que la CEOE no es el PP? Formalmente, desde luego que no. En la práctica, y en lo referente a la reforma laboral anunciada, se puede argüir que los extremos de la reforma -en cuanto a liberalización del despido, atribuciones empresariales en lo tocante a contratos y conflictos, y en recortes de salarios- satisfacen con creces las aspiraciones declaradas de la patronal, y dejan con un palmo de narices todas las reclamaciones sindicales. De hecho, la reforma ha ido más allá, mucho más, de ninguna exigencia de Rosell en los últimos años. La dualidad dañina e injusta de nuestro mercado laboral y el languidecimiento de la actividad económica son argumentos de peso para una reforma, por no abundar en el hecho de que en la práctica lo que la reforma permite ya se venía haciendo en los despachos. El Gobierno ha optado por una cirugía a la tremenda que se le va a echar encima, no ya en la calle con pancartas, sino en prestaciones por desempleo difíciles de sostener, en la tambaleante paz social que tan peligrosa imagen da de nosotros afuera, y en el alimento de una de por sí enorme economía sumergida. El Gobierno ha sido coherente con sus principios y, recuerden, España le ha dado manos libres en forma de mayoría absoluta. El Gobierno gobierna, y abrir la puerta a la dación en pago -política social, por mucho que la última palabra la tenga el que tiene el derecho, el banco- o aliviar la morosidad de las autonomías y ayuntamientos -una excelente iniciativa para pymes y autónomos cuyas facturas amarillean en el cajón- así lo atestiguan (¿por qué no hizo esto Zapatero?).

Y en esto llega Feito y dice que el que no coja un trabajo en Laponia -cualquier trabajo- que se vaya a donde dijimos y deje de chupar del bote. Si ése es el cerebro económico de la CEOE, vamos mal. ¿O es que el hombre está en mala edad y necesita atención? Por cierto, en Finlandia -adonde radica Laponia- las empresas invierten diez veces más en innovación que aquí, en sectores de futuro... y la ley laboral es mucho más protectora con el trabajador que la hasta ahora nuestra. No digamos que la nueva.

Pero, dos días después, llega Rosell y también le pisa el callo a Rajoy. Aparte de pedir amnistía fiscal para el dinero negro -¿cuándo anunciará alguna contribución o simple compromiso, aunque sea de boquilla?-, el presidente de los empresarios (?) ha dicho que en España "los parados encuentran milagrosamente trabajo un mes antes de que se les acabe la prestación". Toma ya. Todos los parados. Milagrosamente. Como decía el del chiste, ¿es para matarlo o no es para matarlo? Y otra preguntita retórica a más no poder: con amigos como éstos, ¿quién quiere enemigos?

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