La ciudad y los días

Carlos Colón

Aquella mañana de enero de 1998

AQUELLA mañana de enero de 1998 los sevillanos sintieron un frío interior como no se conocía desde hacía sesenta años, en lo más crudo del invierno de 1937, cuando en el silencio helado de las madrugadas y los amaneceres de calles desiertas por el toque de queda sonaban disparos en las murallas de la Macarena y en las tapias el cementerio. Quienes no vivimos aquello pudimos tener una idea de qué es sentir caer las lágrimas sin que haya llanto, como si desbordaran; qué es tiritar hasta que castañeteen los dientes, helados hasta el tuétano, frías las manos, cortado el cuerpo como por un duelo propio; qué es ver como todo parece sucumbir bajo el peso de tanta tristeza, gris el cielo, despiadadamente fría la mañana, llenas las calles de grupos de ciudadanos abrumados por el dolor y el desconcierto; qué es sentirse ahogados en un presente sin orillas de futuro, no saber qué hacer, dónde ir o cómo expresar una pena que, en las primeras horas de aquella mañana tremenda, todavía ni tan siquiera se había hecho dolor que pudiera compartirse, compasión que pudiera manifestarse, cólera que pudiera expresarse.

Diez años después el recuerdo de aquella sangre que corrió entre los adoquines de la calle Don Remondo, el recuerdo de aquellos niños que dormían a pocos pasos del lugar en que sus padres fueron asesinados, el recuerdo de aquellas dos vidas jóvenes -¡cuánto futuro les robaron a Alberto y Ascensión!- arrebatadas en nombre de nada, sigue exigiendo -ahora, hoy- una justicia inmediata que descarte toda negociación con los asesinos libres que siguen matando; y toda concesión a los asesinos que cumplen condena sin arrepentimiento, celebrando cada nuevo asesinato como De Juana Chaos celebró el de Alberto y Ascensión brindando con champán y diciendo, refiriéndose a los hijos y familiares del matrimonio asesinado, "sus llantos son nuestras risas". Y exige también esa otra justicia a través del tiempo que se llama memoria histórica, tan invocada cuando se alude a las víctimas causadas hace setenta años por un poder extinguido hace treinta y tan cuestionada cuando lo hacen las víctimas de un poder que sigue matando hoy.

Esta memoria histórica debería empezar por retirar momentáneamente la placa dedicada a Alberto y Ascensión para añadirle un dato esencial que siempre he echado de menos en ella: quien y qué los asesinó. Es decir, ETA y el nacionalismo radical vasco. Para que nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y cuantos por allí pasen sepan quienes y en nombre de qué "ideal" asesinaron a estos dos jóvenes sevillanos y dejaron huérfanos a sus hijos, tan pequeños.

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