Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Las mañanas

LEEMOS con placer las eruditas o fantasiosas disquisiciones de los antropólogos o los analistas del inconsciente, pero la interpretación de los símbolos es un ejercicio por definición abierto para el que apenas sirven los manuales. Desde la familiaridad profunda con distintas épocas o culturas, los sabios pueden trazar un itinerario histórico, identificar los elementos comunes o explicar las diferencias entre los conceptos que manejaron unos u otros, pero ni siquiera es seguro que las representaciones más elementales -las esferas o las cruces, las espirales o las estrellas- hayan significado lo mismo para todos los integrantes de una misma comunidad. Tampoco los dioses, las fábulas o los sueños, terreno este último de singularidad irreductible en el que la cabeza de cualquiera es una máquina de producir imágenes caprichosas, sólo explicables a partir de las experiencias propias. No somos ni valemos nada sin los otros, pero en el ámbito de la conciencia -que es además cambiante, que no deja de interactuar con mil estímulos- toda mitología es personal y cada individuo, un mundo o una realidad aparte.

La noche, por ejemplo, o la mañana tienen sus respectivos adeptos y cada cual las honra a su manera, que naturalmente está sujeta a eventuales variaciones. Desde antiguo la primera, tan prestigiosa, fue el escenario del misterio, el terror y la fantasmagoría, al que la modernidad urbana sumó una idea de la libertad asociada a las deshoras, cuando los noctámbulos pueden desquitarse de las rutinas o las obligaciones y disponer de un tiempo no reglado, venturoso, propicio. Con sus hallazgos y sus tópicos, hay toda una literatura que parte de la fascinación por la oscuridad para celebrar la embriaguez o la aventura, pero la noche, precisamente porque tiene paredes, es también un territorio apropiado para la reflexión o la intimidad, la vigilia feliz o el silencio amigo. Cambian en cualquier caso los llamados biorritmos y a veces ocurre que quienes durante años fueron trasnochadores -fuera o dentro de casa, pues de ambos modos se puede habitar la madrugada- se convierten a la religión de las mañanas. Para los nuevos devotos solares, dos tramos de la noche sigue habiendo maravillosos, el temprano, cuando aún no ha oscurecido completamente, y sobre todo el último, cuando el día no ha empezado pero ya se presiente. Nunca se está más lúcido que a esa hora incierta, siempre promisoria. Incluso si amanece nublado, nada puede igualar el don de la claridad primera.

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