Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

La marca

PONGAMOS encima de la mesa unas cuantas realidades del panorama cultural de Sevilla: el Teatro de la Maestranza y la Orquesta Sinfónica están ahogadas por la falta de apoyo oficial y por problemas enquistados de gestión; la ampliación del Museo de Bellas Artes es un proyecto que duerme el sueño de los justos y que se ve postergado presupuesto tras presupuesto por el Estado, ante la más absoluta indiferencia tanto del Ayuntamiento como de la Junta de Andalucía; la fábrica de Artillería avanza a paso de tortuga hacia un incierto futuro como gran contendor cultural de la ciudad, signifique ello lo que signifique; el mayor proyecto nunca promovido en Sevilla en este campo por la iniciativa privada, el Caixafórum, ha tenido que buscarse un emplazamiento secundario después de que las rivalidades políticas y los odios cainitas tan propios de aquí dieran al traste con su instalación en las Atarazanas; las obras de rehabilitación de las propias Atarazanas, para un proyecto americanista menor que nadie parece tener muy claro, se retrasan sin fecha por zancadillas y celos corporativos; la Fundación Focus, emblema de una oferta de calidad, se ve desdibujada por la crisis de Abengoa… Se podría seguir la relación hasta hacerla casi interminable.

Mientras todo esto pasa, Sevilla parece haber abandonado otras opciones de desarrollo y ha puesto en su capacidad de atracción turística -en su marca, en definitiva- la mayor parte de su potencial de futuro. La caída de la Abengoa que se paseaba por el mundo haciendo proyectos innovadores, aunque al final pueda salvar algunos muebles, o el bloqueo los proyectos de potenciación del Puerto, son sólo un pequeño símbolo de las muchas frustraciones que arrastra la ciudad desde hace décadas. Pero si de verdad estamos condenados a vivir de la marca Sevilla alguien debería tomarse en serio la proyección exterior de la ciudad a través de la cultura. La cicatería con instituciones como el Maestranza y la Sinfónica es darse un tiro en el pie. Si el Ministerio de Cultura, la Junta y el Ayuntamiento persisten en la misma política que han seguido hasta ahora estarán actuando contra Sevilla. Pero la máxima responsabilidad, conviene no olvidarlo, es municipal y corresponde al alcalde, Juan Espadas, porque él es el primer encargado de hacer ciudad.

Sevilla es un escaparate de oportunidades perdidas. En estos días la Feria y la Plaza de Toros son miradas desde muchos sitios. La ciudad sigue gozando de un prestigio fuera de nuestras fronteras que muchas veces parece que aquí nos empeñamos en ignorar. Pues bien, ni una de las principales citas taurinas del mundo ni una de las fiestas más originales y atractivas de España se aprovechan para reforzar esa marca a la que tanta importancia parece que le debemos dar. Espadas sugería esta semana que las casetas privadas, siquiera en las horas de menos afluencia, se abrieran a los turistas para cambiar la imagen de recinto para unos cuantos elegidos que proyecta el real. Puede ser una ayuda, pero mucho más lo sería que la atracción de la primavera sevillana se aprovechara también para organizar citas culturales de prestigio indiscutible que reforzaran la capacidad de atracción más allá de la los tópicos de fiesta y los toros.

El Ayuntamiento presume cada vez que puede de los buenos datos turísticos que se vienen registrando en los últimos meses y de las cada vez más frecuentes conexiones aéreas de San Pablo con destinos internacionales. Pero habría que preguntarse si ese turismo más o menos masivo y más o menos barato es el que le conviene a Sevilla para basar en él la mayor parte de sus expectativas como ciudad. Esa es una asignatura pendiente que tenemos que aprobar cuanto antes y, hoy por hoy, una de las principales responsabilidades del alcalde.

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