La esquina

josé / aguilar

Es mejor que hable con ellos

EL ochenta por ciento de los españoles creen que la delincuencia aumenta conforme crece la presencia de extranjeros en sus pueblos o ciudades. Esta vinculación entre inmigración y delito, que es un buen caldo de cultivo para la xenofobia y, en su caso, el racismo, se establece en parte por la visible existencia de grupos de pequeños delincuentes que actúan con descaro en las calles, pisos y transportes públicos y que, por la escasa cuantía de sus robos, no pueden ser enviados a prisión.

El caso es que, más que inseguridad real -desmentida con insistencia por los datos policiales y judiciales-, lo que se extiende entre los ciudadanos es una sensación de inseguridad que conduce al miedo al que es distinto sólo por el hecho de serlo. Es lo que hace que ante la noticia de cualquier delito se dispare un resorte psicológico que lleva a muchos a preguntarse, automáticamente, si hay algún rumano, latinoamericano (sudaca) o árabe (moro) en los alrededores del hecho noticiable. Se busca rápidamente al culpable más previsible.

La cosa cambia cuando el extranjero no es lejano y desconocido, sino cercano, concreto y vecino. Un reciente estudio sociológico patrocinado por La Caixa concluye que las personas que residen en edificios en los que también habitan inmigrantes se sienten más seguras que si éstos viven en el mismo barrio, pero en bloques segregados. Ello es así porque el contacto personal y el trato cotidiano ayudan a acabar con los estereotipos. O sea, que la integración es la clave. Hombre, habrá de todo, pero está claro que no vivir de espaldas contribuye decisivamente a que se juzgue a los individuos -a todos, también a los inmigrantes- por lo que son y por cómo se comportan y no por lo que parecen. Por lo que parecen según el imaginario popular que se nos ha metido en la cabeza. Hable con ellos: esa es la receta.

En realidad, con lo que tiene más que ver la xenofobia es con la pobreza. Las clases altas y medias no se mezclan con los inmigrantes -salvo para tenerlos como empleados domésticos- ni los tienen viviendo en sus barrios, mientras que las clases bajas y los habitantes de las barriadas periféricas son las que pueden sentir como molesta la presencia de unos diferentes que le disputan el trabajo escaso, alargan la espera en los centros de saludo y pillan los asientos en el autobús. Mejor la integración mutua: hablar con ellos y que ellos hablen con nosotros.

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