La ciudad y los días

Carlos Colón

El milagro de Juan de Mesa

NO una vecina de San Lorenzo, ni una devota del Gran Poder, ni una capuchina de Santa Rosalía tras gozar de la intimidad con el Señor el tiempo que allí vivió, sino una moderna teóloga norteamericana, profesora en la jesuita Fordham University de Nueva York, ha escrito sobre la religiosidad popular: "Esta fe de intimidad vivida con Dios, basada en la confianza en que la divinidad es accesible en medio del sufrimiento y vivificada culturalmente con símbolos de compasión y esperanza, ha sustentado durante siglos con belleza y gozo la vida de millones de personas. En la medida en que los seres humanos deseen entrar en contacto con la dimensión trascendente de la vida cotidiana, en la medida en que tratemos de encontrar sentido a la vida y a la muerte, en la medida en que nos esforcemos por expresar lo inefable y relacionar la creencia religiosa con la vida cotidiana -lo que equivale a decir siempre-, habrá religión popular" (La búsqueda del Dios vivo, Ed. Sal Terrae).

Bien lo sabemos en Sevilla y alto se proclama hoy en San Lorenzo. Conservamos el tesoro de nuestra religiosidad popular, aunque lo estén expoliando los horteras, los frívolos, los aficionados y cuantos toman el nombre de Dios y de Sevilla en vano. Tenemos los dones de nuestras grandes imágenes, puentes sagrados entre el tiempo y la eternidad. Y tenemos los milagros esculpidos de la Esperanza Macarena y del Señor del Gran Poder, luces de nuestras vidas.

Esculpiendo al Gran Poder 57 años después de Trento, Juan de Mesa se adelantó al Vaticano I, al Vaticano II, a la teología de la liberación y a todo lo que se pueda pensar, decir o definir dogmáticamente sobre el manifestarse del poder de Dios en el cuerpo transido de ternura y abrumado de dolor de Jesús Nazareno. Tenerlo cada día con nosotros, andar desde hoy con Él nuestro camino de luz, sentir en lo más íntimo la fuerza de Dios al contemplar su desvalimiento de hombre -que tal es la prodigiosa alquimia de esta imagen, más divina cuanto más humana, que nos hace sentirnos más de Dios cuanto más heridos- es el don mayor que la ciudad hace a sus devotos y a la cristiandad entera. Se equivocó San Agustín al escribir que "sentimos a Dios con más certeza de lo que podemos expresar, y Él existe con más certeza de lo que podemos sentir". Llevando el arte al extremo de lo representable y torturando la madera hasta hacer brotar de ella el rostro de Dios encarnado, Juan de Mesa expresó a Dios con la certeza con que existe y lo sentimos. Por eso para muchos -¿no es verdad, querido Chicote?- Juan de Mesa es un beato y el Gran Poder, su milagro.

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