Confabulario

Manuel Gregorio González

El milagro español

DECÍA Cela que, durante la Guerra Civil, los españoles nos matamos como conejos. Y algo de cacería, de miserable cinegética, obrada contra el propio vecino, tuvo aquella honda carnicería de la que ahora se cumplen ochenta años. No era la primera vez, sin embargo, que el español alzaba la quijada contra el español frontero. Y tampoco fue, probablemente, la más devastadora, la más cruenta. Fue, acaso, la de mayor efectividad mortuoria, en tanto Europa adivinaba en el espejo español la figura deforme, la sombra monstruosa, de una futura guerra.

Sólo en el XIX, en España se dieron la guerra de la Independencia, las tres guerras carlistas, junto a los innumerables pronunciamientos, no exentos de un pintoresquismo fúnebre, de los que cabe destacar la Vicalvarada del 54 y la Gloriosa del 68. De todas estas violencias, la más bárbara y perdurable fue la guerra contra el francés, pues no sólo destruyó el país, no sólo diezmó la población como nunca antes (y como nunca después), sino que propició la fractura entre afrancesados y patriotas, en la que muchos han querido ver el origen de las dos Españas. No es posible, pues, asomarse a Los desastres de la guerra de Goya sin sentir un largo escalofrío, una abrupta congoja. Y tampoco no es dado ignorar cuanto Concepción Arenal escribe sobre la guerra carlista, y sobre aquellos mozos de reemplazo, aún adolescentes, que se dejaban fusilar, con terrible docilidad, junto a las veredas del norte (la ominosa fusilería de retaguardia, tan grata al cura Santa Cruz, que Valle-Inclán relata en Gerifaltes de antaño). En cuanto a la Guerra Civil, en cuanto a su espantosa deriva, basta acudir a la oceánica bibliografía que, desde hace más de medio siglo, nos informa minuciosamente sobre uno de los conflictos más glosados y estudiados de la Historia.

Que un país con esta reiterada propensión a devorarse a sí mismo sea hoy una democracia estable, y una de las naciones más prósperas del planeta, no deja de ser un extraño y fenomenal de milagro. Un milagro, en cualquier caso, que ha sido obra de los propios españoles; de su tenacidad, de su miedo, de su inteligencia, de su orgullo, de su dolor, de su paradójica voluntad de vivir juntos. En buena medida, la Santa Transición del maestro Umbral, hoy tan denostada, se tejió sobre aquellas cicatrices. Y es un hecho atropellado y culposo ignorar que la Transición fue una victoria, quizá la mayor victoria, alcanzada por los españoles del XX.

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