el poliedro

José / Ignacio Rufino

De la moda a la hartura

Cuando las grandes cifras, el análisis macro y la alta política económica pierden fuelle, la cercanía lo gana

ESTA semana, en un blog que servidor mantiene en esta casa desde hace varios años y cuyo lema es "economía razonable para todos los públicos", escribí una entrada sobre un asunto local no económico. La cantidad de lectores se disparó en comparación con la estadística habitual del blog. Que el asunto fuera acerca de las lacras de andar por casa de la ciudad hizo que se vinculara la entrada a la portada de la edición digital, y eso atrae muchas visitas. Pero da igual el asunto de qué trataba el artículo: lo que da que pensar es que interesa lo inmediato, lo epidérmico, la micropolítica, la cercanía más que la macroeconomía (aparte de la insana pasión nacional por la roña social de nuestras patéticas celebrities, que también suscita pasión y gran tráfico en internet).

Los que escribimos en secciones económicas solemos untarnos cremita sobre el sarpullido de nuestra audiencia minoritaria, y para ello damos por cierto que el lector económico es más formado, un lector de élite; argüimos que desde luego la gente más influyente no suele prescindir de las páginas donde se habla de la crisis financiera, la troika, las empresas y los dineros como pasa de ellas cualquier joven enganchado al whatsapp. No puede, no debe. Sinceramente creo que sí, que buena parte de la gente influyente siempre ha leído sobre economía, y no es intuición sino percepción. Ahora bien, este episodio sin importancia, y pasajero como buena pieza de prensa, da que pensar otra cosa: es mentira eso de que la economía está de moda.

Los periodistas y columnistas económicos llevan unos seis o siete años oyendo de sus allegados: "No os quejaréis, ¿no?, no os falta materia prima, todo el mundo está repentinamente interesado en la economía". Puede que durante un tiempo esto haya sido así, o sea, que el lector que tradicionalmente descartaba esta sección haya acudido presa del temor a ella, para reducir su incertidumbre y poder entender de qué iba el marrón en curso. Es cierto que tu camarero habitual te ha arrimado algún café por la mañana comentando la prima de riesgo, y que las causas y consecuencias de la crisis han suscitado una controversia insospechada entre la gente: "Es el capitalismo financiero el culpable", "¡No! Hemos estado por encima de nuestras posibilidades, somos culpables solidarios de la burbuja", "Lástima que no podamos devaluar nuestra moneda", "El problema bancario español es un problema de cajas que han sido un instrumento de los partidos", "Merkel es una austericida, y sus bancos estaban más emporcados que los nuestros", "¡Keynes, vuelve! ¡Lee a Krugman, hombre!" y otras verdades repentinas y por supuesto discutibles como éstas. Hubo un interés, se dio una formación de urgencia y alfileres entre la ciudadanía. Pero los grandes analistas a toro pasado, que van adaptando su discurso a la situación (por ejemplo: "Más recortes, sí, pero ya vamos necesitando estímulos para no aniquilar la demanda y las expectativas"), los gurús desmemoriados con sus pifias, junto con las dentelladas de realidad continuas sobre las personas corrientes, la sensación de inutilidad y división esencial de la Unión Europea, las escopetas de feria en forma de informes y contrainfórmenes y otras patologías de la Gran Economía contemporánea han vuelto al gran público de nuevo de espaldas a la economía. Sobran números, faltan principios; sobra táctica de guerrilla, falta una nueva forma de ver las cosas del dinero, de las relaciones de intercambio, de la producción y el consumo, de la escasez, de las finanzas, la empresa, los empresarios y la política económica. Sobran sujetos trepadores sin madera limpia, falta filosofía. Estábamos de moda, pero la moda es de suyo pasajera, y su prolongación siempre acaba por producir hastío. Especialmente si los mensajes dejan de ser fiables.

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