PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

El monóxido de la fatalidad

UNA casa del Nervión recoleto ha sido la tumba de seis ancianos. Una residencia con todos los papeles en regla ha sido el fatídico escenario mortal. Ahora todo son lamentaciones y pesquisas. La dificultad de evacuar a impedidos es el gran peligro en cualquier edificio convertido en asilo. El fuego es la amenaza y el humo su mayor riesgo. Dos enfermeras estaban de guardia. Pero se han visto desbordadas cuando se percataron de una situación a vida o muerte. A Sevilla se le encogieron ayer los adentros con el drama, más aún teniendo en mente el grito de desesperación de los ancianos que no podían moverse de sus camas y se estaban quemando o asfixiando.

Tras situaciones tan graves hay que ser proactivo para atenuar el coeficiente de fatalidad. El riesgo cero no existe, ni aplicando la normativa de seguridad más estricta ni siendo una persona bienintencionada que mime a los mayores alojados a su cargo. Pero la prevención es un dogma porque estamos inmersos en la involución de la pirámide demográfica y se dispara la atención 24 horas a personas dependientes del prójimo. Se acrecienta el temor por la integridad nocturna del anciano, ya viva la soledad en su casa o en comunidad de iguales.

Tener cinco minutos de margen, o no tenerlos, detectando de inmediato fuego y humo, es la clave para evacuar a ancianos en camas medicalizadas o llegar tarde al desarrollo de un incendio. Muchas veces no se consigue con grandes inversiones, sino con el mantenimiento y revisión de las instalaciones y aparatos inherentes a la habitabilidad del edificio.

Cabe exigir a las autoridades que endurezcan los requisitos de prevención. Y, a los bancos, que no sean refractarios y den crédito a la modernización de los centros geriátricos. Que se imaginen en sus despachos postrados en una cama y descubran que su vida depende de una decisión tomada en esos días en los que nadie se acuerda del monóxido de la fatalidad.

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