hoja de ruta

Ignacio Martínez

Un motivo de orgullo

NO somos los peores del mundo en todo. Y no sólo en fútbol España está entre lo mejorcito del planeta, dicho sea el día después de un Madrid-Barça. Por ejemplo, en trasplantes somos la primera potencia mundial. Hace dos semanas, mil personas de 14 comunidades autónomas se movilizaron para realizar en 72 horas 94 trasplantes de órganos procedentes de 39 donantes. Intervinieron 42 hospitales, entre ellos dos de Portugal; y diez aeropuertos, siete civiles, dos militares y uno internacional. España es el país del mundo con mayor número de donantes por millón de habitantes, con 34. Más del doble que en Alemania, el Reino Unido, Dinamarca o Suecia. Y sólo cuatro superan los 25: Estados Unidos, Austria, Bélgica y Francia.

El número de donantes se ha estancado algo en los últimos años por una buena noticia, la drástica reducción del número de accidentes de automóvil. Por eso, la edad de los donantes ha envejecido 15 años en poco tiempo y se acerca a los 60. Lo que supone que de una media de cuatro órganos válidos se haya pasado a sólo dos. Aun así, tenemos un sistema que ha sido imitado por países como Portugal e Italia, que han mejorado sensiblemente sus estadísticas. Ya ven, hemos estado presumiendo de jugar la Champions de la economía mundial, de la salud de nuestra banca, del escaso endeudamiento de nuestros particulares y empresas y resulta que no era verdad. Y la salud estaba en el sistema sanitario.

El año pasado se hicieron en España casi cuatro mil trasplantes de riñón, hígado, corazón, pulmón, páncreas e intestino, de los que más de 550 se realizaron en Andalucía en hospitales de Córdoba, Málaga, Sevilla, Granada y Cádiz. Por cierto, en la memoria de la Organización Nacional de Trasplantes puede verse cómo corazones de donantes andaluces han ido a Galicia, Asturias, Aragón, Cataluña, Valencia y Madrid. Y, al revés, en Andalucía se han implantado corazones que venían del País Vasco, Cataluña, Baleares y Murcia. Esto está muy por encima de tensiones independentistas y déficits fiscales. Y, además, supone una mezcla de lo mejor de un país: profunda solidaridad, alta tecnología y un servicio público de calidad. Es para sentirse orgullosos. No todo es una ruina.

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