La tribuna

Marcial Bellido Muñoz

La movilización de una sociedad en crisis

HACE unas semanas nos reuníamos un grupo de profesores de Cátedra Inmobiliaria en un intento por descubrir las claves del futuro.

Al igual que una visión sin acción es puro sueño, andar sin ver el camino puede convertirse en una auténtica pesadilla.

Éstas son las sensaciones que percibimos de nuestros alumnos: miedo, desasosiego, preocupación, temor por un futuro incierto, por sentir que sus pasos se hallan huérfanos de un destino. Eso es lo que más les aterra, lo incierto.

Al parecer, esa misma sensación paralizante va calando en la población reforzando el sentido del ahorro.

Unos, ante la incertidumbre, ni arriesgan ni invierten; otros, ante el temor de que aún está por llegar lo peor, no compran; finalmente, espectadores privilegiados de los indicadores que sintetizan la actitud de todos los demás, simplemente no financian porque son muy pocos los que demandan nuevo crédito productivo.

Entre tanto el país se paraliza, enrocándose en una espiral negativa que fomenta más depresión e inseguridad.

Muchas de las grandes empresas han culminado la primera ronda de refinanciaciones. Algunas descafeinando sus balances cuando no perdiendo posiciones que para ellas eran estratégicas. Han pospuesto el problema uno, dos, a lo sumo tres años. El precio altísimo: una carga financiera que difícilmente van a poder atender partiendo de cuentas de explotación con ingresos al mínimo. Pan para hoy…

Planes de refinanciación y de reconversión que traen consigo indefectiblemente recortes de gasto. Más desempleo, más familias amenazadas por un futuro incierto, menos consumo, más desempleo…

¿Desenlace? Saldremos adelante porque la historia así lo atestigua. Saldremos victoriosos pero, ¿a qué precio?

¿Hará falta ver como se degrada la dignidad adquirida con generaciones y esfuerzo? ¿Tendremos que justificar para unos fines determinados, medios? ¿Habremos de someternos a la humillación de abandonar nuestras viviendas y que nuestros hijos abandonen los colegios o las universidades? ¿Tendremos que seguir descapitalizando intelectual y humanamente nuestras empresas dejando ir, rompiendo lazos y afectos, a gente buena, capaz, comprometida?

¿Podrá con todo esto el Estado de Derecho?

Éste no es, y desde luego no pretende ser, un mensaje catastrofista. Sí un toque de aviso para todos los que componemos la sociedad civil.

Nadie va a salir a saldar nuestra deuda, ni debiéramos esperarlo. Tenemos, posiblemente, lo que nos merecemos, por avaricia, ignorancia o frivolidad. Nunca más que ahora dependemos de nosotros mismos y de nuestra capacidad para sobrevivir en una jungla a la cual se nos arroja desde el Estado del bienestar. Curiosa paradoja, hemos inventado un Estado que nos conduce a la infelicidad en vez de vacunarnos contra ella. ¿Masoquismo, imperfección, mediocridad, necesidad de un cambio de modelo?

Preguntas que espero lleguen a quien no tiene las respuestas pero si la responsabilidad de velar por nuestros sueños.

Los poderes públicos no pueden sentirse atenazados por nuestras mismas angustias, no pueden dibujar escenarios basados en defensas numantinas de logros o preceptos que la realidad supera y el sentido común aconseja sean replanteados. Lo que está ocurriendo es excepcional, sus derivadas, de no actuar con contundencia, no van a ser menos.

Los ciudadanos les estamos prestando el mayor de los apoyos, sencillamente mantenemos el orden y la paz social.

Más manifestantes mereció el descontento de los aficionados béticos que la crisis del metal en la Ría de Vigo. Espejismo que aleatoriamente se trunca. Sólo harán falta caudillajes audaces para movilizar cual marabunta a las masas. El día que alguien tire la piedra habrá lluvia anónima de proyectiles.

No podemos admitir que esto ocurra.

No podemos admitirlo y, más que esto, tenemos que actuar para evitar que ocurra.

Alguien concluía en el encuentro al que me he referido al iniciar esta reflexión que tenemos una sociedad enferma, posiblemente desprovista de valores, "comprada" por la diosa vanidad.

Es hora de movilizarse, de enfrentarnos al momento de cada uno y también de salir en apoyo de los demás. De estructurar a una sociedad que ha perdido la verticalidad, que no encuentra líderes de pensamiento positivo.

Nadie que en estos pasados años ha tenido entre sus manos una batuta debería permanecer orientando nuestros destinos, ni en la empresa, ni en las organizaciones, ni en los partidos políticos, ni en los clubs sociales.

La regeneración está a la vuelta de la esquina, invitémosla a pasar antes de que se nos eche encima.

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