el periscopio

Que se mueran los feos

ESO era lo que cantaban Los Sirex a mediados de los años sesenta, y fue, junto con el Love Me Do de Los Beatles, de las primeras tonadillas que recuerdo de una infancia ya tan lejana. Añadían al estribillo principal: yo, yo, yo soy muy feo, y la estética, por mucho que avance, no me salvará. Ignoraban a qué punto de obsesión por el aspecto se llegaría casi cuarenta años más tarde, y qué natural se vería ponerse tetas, subirse los glúteos, rellenarse los labios hasta parecer flotadores o rebanarse la tripa cervecera, entre otras muchas aplicaciones quirúrgicas. Pero, según parece, no sólo Los Sirex se equivocaban en sus vaticinios, sino que quizá se esté demostrando que resulta más rentable dejarse treinta mil euros en un quirófano que en un máster de la London School of Economics, por no hablar de las acciones bursátiles en claro desplome. De siempre, el sentido común y la intuición han dictado que los guapos y las guapas lo han tenido más fácil en la vida que, digamos, los barriletes peluillos o las patizambas de turno. Se suele decir también, aunque pueda molestar, que el público (femenino) asistente a los mítines de la derecha suele ser más agraciado que el de sus oponentes políticos. La explicación es obvia según se explica libros como Why we are the way we are...: muchos siglos de selección natural y de elección de la guapa del pueblo por parte de los señores del lugar han hecho que las clases pudientes resulten físicamente más agraciadas. Es injusto, pero es.

Recientemente, dos publicaciones han ahondado en algo que todos sospechábamos desde nuestros años más tiernos: la importancia de la belleza en el éxito de mucha gente. Son Beauty Pays: Why Attractive People are More Successful, de Daniel Hamermesh(Princeton University Press); y The Beauty Bias: The injustice of Appearance in Life and Law, de Deborah Rhode (Oxford University Press). La avalancha de publicidad de cremas milagrosas y de establecimientos de depilación y de clínicas de estética hacen pensar, como sostienen los autores, que atrás quedaron -como un sarampión invernal- aquellos sobacos peludos y aquellas piernas sin depilar que se pusieron de moda entre las sajonas del power flower allá por los setenta. Hoy, cuando al afeitado varonil se le llama deslizado (¿habrá mensaje subliminal?), hasta los hombres se depilan y se someten a implantes o a reducciones. Quizá esté justificado si, como afirma Hamersmesh, en Estados Unidos, un trabajador/a atractivo/a puede llegar a ganar a lo largo de su carrera laboral 230.000 dólares más que uno menos agraciado. Por si acaso he comenzado a usar un crema hidratante después del rasurado/deslizado. Aunque me temo que un poco tarde.

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