A CONTRALUZ

Joaquín Rodríguez Mateos

Tu muerte buena, Señor

esperitualidad El articulista evoca las singulares sensaciones que le provoca la contemplación de un Cristo crucificado, en el que ve, como dijera León Felipe, "al hombre hecho Dios"

HOY volverá a mostrarse la divina belleza al cielo azul de la primavera florecida, tal cual, desnuda en su propia hermosura. La Fama tenderá hacia el cielo su larga trompeta en mudo duelo mientras salga el crucificado a la luz de la ciudad que espera, abandonando por unas horas aquellos muros que buscan la sabiduría. Y se producirá la paradoja: de la muerte beberemos belleza, y del fin hallaremos sentido. Porque, ¿quién se resiste a sostener la mirada muda a su paso inmóvil y cadencioso, ante el clamoroso silencio de su profunda y doliente soledad serena? Tal como cantaba Unamuno, "¡Mis ojos fijos en tus ojos, Cristo, / mi mirada anegada en ti, Señor!". Un año más, volveremos a encontrarnos con la Verdad, desnuda y colosalmente hermosa, de la trascendencia en forma de hombre, desprovista de todo excepto de su mensaje. Pues, en verdad, como dejó escrito San Buenaventura, en esa cruz se condensan el bien, el poder, la sabiduría y la majestad. Y así le dio forma el imaginero, transmutando la muerte en serena belleza, y encerrando toda una teología en el ideal de lo humano.

León Felipe decía que prefería "el hombre hecho Dios, que el Dios hecho hombre", lo que ya sabíamos en Sevilla. Pues cada Martes Santo es una soberbia lección de humanismo cristiano, cuando encontramos a ese hombre que pende suave y serenamente de un madero oscuro y áspero, como el reverso de la luz que irradia su cuerpo muerto, pero de hermosura no ajada. ¿No reparáis, al verlo venir pausadamente, en la blancura luminosa de su imagen? "Porque es tu blanco cuerpo manto lúcido / de la divina inmensa oscuridad (...) fijos mis ojos, de tu blanco cuerpo". Mirad que en la ya noche del día Santo veréis emerger entre las sombras de azahar la blanca luminosidad de la luz del cadáver del Hombre, como un faro de vida surgiendo de entre una alfombra de funestos lirios.

No encuentro en Ti la muerte, Señor, en Tu cuerpo lívido de hombre muerto, de irreal placidez entre Tus heridas. Y no es que por ello sea buena Tu muerte, sino es que la muerte sólo es buena en Ti. "¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?", medito -con el filósofo- mientras me dejas, al pasar, tan sin palabras. Pues en ese cuerpo muerto camina encerrada toda la profundidad de la existencia, y sólo en él podemos empezar a entender la hondura de esta Semana: ese cuerpo muerto, que nos esconde su mirada esquiva, nos enseña cada día que la belleza y la serenidad de Su muerte no es más que el sosiego y el consuelo para la nuestra.

"Porque -si decía Unamuno- este Cristo de mi tierra es tierra", es tierra que me ha de cobijar eternamente en paz.

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