La ciudad y los días

Carlos Colón

Las mujeres fuertes de San Lorenzo

CONOZCO cuatro categorías de hermanos mayores: los que lo hacen mal, los que lo hacen bien, los que lo hacen muy bien y los que lo hacen como Enrique Esquivias. A esta última pertenecen los que no desprecian la modesta gestión de lo cotidiano ni se acobardan ante los grandes retos; prestan la misma atención al patrimonio humano que al hecho por los siglos; mantienen viva la tradición al depurarla de añadidos circunstanciales y, como el nazareno de El rito y la regla de Montesinos, conocen su hermandad con un saber heredado, no aprendido. Esquivias y los oficiales de sus dos juntas de gobierno han acometido con esa seguridad responsable que evita sobresaltos la restauración del Señor, el acondicionamiento de la Basílica y la reforma de las reglas; tan bien hecha que en el Cabildo ni tan siquiera se discutió el punto sobre el que fuera de la hermandad tantos discutían. Pocas veces he visto a una junta de gobierno interpretar tan bien el sentir de los hermanos.

He esperado para escribirlo al Miércoles de Ceniza, el día en que el Señor se nos aparece vestido con el morado que llevaron esas mujeres fuertes de la Biblia que Sevilla escribe día tras día en San Lorenzo. Cuántas María la Profetisa, Débora, Jael, Sara, Ruth, Abigail, Esther y Judit han ido, van e irán cada viernes a la Basílica desde hogares que si no fuera por el Gran Poder estarían literalmente y del todo dejados de la mano de Dios. Cuántas mujeres fuertes de la Biblia sevillana de San Lorenzo van cada viernes a hablar con el Señor que parece haberlas abandonado, a pedirle lo que hasta ahora les ha negado, a agradecerle las alegrías que tienen sin reprocharle ninguna de sus tristezas, a aprender de Él cómo seguir caminando cuando se ha llegado al límite de las fuerzas humanas y cómo seguir viviendo de pie cuando pesos tan abrumadores les quiebran las espaldas.

Muchas de estas mujeres son devotas sin nombre, como aquellas que siguieron al Nazareno desde Galilea hasta Jerusalén y continuaron siguiéndolo hasta el Calvario, cuando todos le abandonaron. Ni en los Evangelios ni en las listas de la hermandad figuran los nombres de la mayor parte de ellas. Pero si quisieran y pudieran hacerse hermanas, si se unieran a las 2.250 que ya lo son, por fin podrían ejercer su derecho a hacer lo que han hecho siempre, desde aquel viernes primero de Jerusalén: además de encarnar la fidelidad que jamás abandona al Señor y hacer su sencilla y honda protestación de fe besando su talón, ahora pueden ser las llamas que lo alumbran, lo escoltan y lo anuncian, llevándolo por el cauce de fuego de su espléndida cofradía.

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