EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

El mundode ayer

NO quiero amargarle la vida a nadie que esté disfrutando de sus vacaciones, pero me gustaría contar una experiencia que tiene que ver con la fontanería. En general, la búsqueda urgente de un fontanero, sobre todo en verano, puede ser una experiencia tan aterradora como la sierra mecánica de La matanza de Texas. Por suerte, esta vez he logrado encontrar un fontanero que ha llegado con puntualidad a la cita, justo el día que dijo y a la hora que prometió. Soy escéptico, pero debo reconocer que los milagros ocurren. A veces.

Este fontanero ha mirado la enorme mancha de humedad del techo, ha abierto las puertas de un altillo, se ha agachado, ha metido la cabeza detrás de la lavadora. Después ha introducido la mano por un hueco y ha averiguado, sólo por el tacto, que las tuberías eran de cobre. Luego ha emitido su sentencia: "Habrá que abrir".

Mientras veía trabajar a este hombre, me he dado cuenta de que pertenecía a otra época. Conoce su trabajo, lo valora y le gusta hacerlo bien. Dentro de diez o veinte años no quedará nadie así. Si tenemos una urgencia, llegará a toda prisa un operario vestido con una escafandra fosforescente, que nos mostrará una acreditación mientras se conecta a una terminal remota (situada en Hong Kong o en las Bahamas, aunque eso nunca lo sabremos). La empresa que nos lo envíe nos hará creer que es un técnico especializado, aunque en realidad será un inmigrante llegado de Dios sabe dónde, tal vez ingeniero metalúrgico, tal vez jardinero, tal vez actor porno en sus horas libres. Tendrá un contrato por horas, o quizá minutos (¡o segundos!), y a la menor oportunidad cambiará de trabajo y se dedicará a vender ordenadores, o pisos, o a trabajar en serio en el cine X.

Cuando tenga que empezar a trabajar, no mirará nada, no preguntará nada y tampoco querrá escuchar, porque de todos modos va a ser inútil todo lo que le digamos. Abrirá un agujero en el sitio equivocado, romperá las puertas del altillo, provocará una segunda inundación donde todo estaba seco, pero nos asegurará que todo está arreglado y que no hay nada más que hacer, a menos que queramos llamar a los Bomberos y a Protección Civil (bajando la voz, nos aconsejará hacerlo). Luego sacará su terminal de ordenador, empezará a teclear, nos cargará el plus del 15% de emergencias, y luego el nuevo plus -recién aprobado por la Unión Europea- que grava con un 18% la manipulación de materiales nocivos y/o tóxicos. Por suerte nos hará un espléndido descuento del 0´005%, y no tendremos ningún problema con el pago -en efectivo, por supuesto- porque su terminal admitirá todo tipo de tarjetas. Y después se irá a toda prisa, derribando una maceta y metiendo su bota de buzo en el charco que ya habrá empezado a inundar toda la cocina.

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