La tribuna

John Julius Reel

11-S: la naturaleza de la bestia

TRES inolvidables recuerdos del día 11 de septiembre de 2001 permanecen vivos en mi memoria. Uno, las lágrimas de rabia que se me saltaron al ver caer la primera torre. Dos, cuando mi amigo Sami, un musulmán devoto y uno de los más considerados alumnos que jamás he enseñado, me llamó y me dijo, horrorizado, que al ir al aula de oraciones reservada para musulmanes en la universidad, encontró celebrando el acontecimiento a compañeros suyos con los que solía rezar. Y tres, los jóvenes manifestándose en las calles de mi municipio, agitando banderas americanas como si esgrimieran armas, incitando a los conductores parados en los semáforos a tocar la bocina en apoyo a su patriotería rabiosa.

El terrorismo es capaz de hacerme sentir rabia hasta el punto de querer matar, y si quisiera buscar un enemigo, lo podría encontrar al lado de mi puerta. Sin embargo, he visto con mis propios ojos que dejarse llevar por este tipo de rabia crea en mi país y entre mis paisanos una mentalidad estremecedoramente parecida a la mentalidad que había detrás del atentado.

El terror es tanto la causa como el efecto del terrorismo. Nosotros tenemos terror a los terroristas. Y los terroristas tienen terror a estar equivocados en sus creencias. Tienen terror a descubrir la verdad que expondría la mentira en la que basan sus vidas.

No me cabe duda de que musulmanes fanáticos verán Córdoba House, este enorme centro islámico que van a construir en la Zona Cero, como un triunfo, no menor por ser simbólico, en su absurda guerra santa, y acudirán musulmanes a dar gracias a Alá por el atentado, y rezarán para que ocurran atrocidades aun peores. Aquellos que están detrás de este centro se aprovechan de una democracia que garantiza la libertad religiosa para decir al mundo que, para ellos, nada es sagrado salvo lo que ellos consideran sagrado.

Así es la naturaleza de la bestia. De todos modos, abrir este centro donde está previsto, sería un triunfo para nosotros y no para los fanáticos, y aquellos que quieren impedirlo son las víctimas vivas del terrorismo, porque el terrorismo ha conseguido que olviden los valores que representan y deberían defender.

Exactamente porque en algunos países islámicos no permiten en su tierra ni siquiera la construcción de una iglesia, deberíamos incluso apoyar la construcción de Córdoba House, mostrando claramente que son aquellos, no nosotros, quienes tienen que recurrir a medidas extremas; que son aquellos, no nosotros, quienes, aunque sean terroristas, viven más a merced de su propio terror.

Días después del 11-S, pregunté a un oficial de policía qué creía él que deberían construir para reemplazar las torres gemelas. La mayoría de los neoyorquinos durante esos días estaban todavía viviendo en pleno trauma de guerra. Cada monumento parecía un blanco fácil para un fanático con un poco de inventiva. Entonces, la respuesta de este policía me sorprendió: "Que construyan unas torres aun más grandes y que pongan mi despacho en todo lo alto".

Es así como deberíamos canalizar el inevitable miedo y rabia, no enfrentándonos a musulmanes, ni en casa ni en el Próximo Oriente, sino viviendo nuestras vidas y nuestra cultura tal como siempre las hemos vivido, con más precauciones, claro, pero orgullosos de todas las libertades que otorgamos a nuestros ciudadanos, sin importar sus creencias, hasta que cometan un crimen. Si eso fomenta la infiltración fundamentalista del islam en el Occidente, haciéndonos más vulnerables a una matanza sin sentido, así sea. Como una sociedad libre, tenemos que soportar con dignidad el peligro.

En el año 2000 impartí clases a una muchacha llamada Marlyn Carmen García. Tenía 20 años. Provenía de la República Dominicana, había superado la pobreza, la discriminación, y el inglés como su segundo idioma para llegar a la cabeza de su curso. Al final del semestre, me regaló un libro llamado Thank Heavens for Teachers (Gracias a Dios por los profesores), una recopilación de citas bonitas sobre mi oficio. Me lo dedicó con la siguiente frase: "Para un profesor que se tomó la molestia de ayudar a sus alumnos". No fue ninguna molestia ayudarla. Fue un beneficio adicional.

El día de 11-S llegó, como siempre, treinta minutos antes a su trabajo para salir antes y poder llegar a tiempo a la universidad. Esa fue su fatalidad. Trabajaba en la centésima planta de la Torre Uno. Nunca sabremos el horror que sufrió.

Si se impide la construcción de Córdoba House, Marlyn Carmen García y 2.976 personas más habrán muerto en vano.

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