El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

Las necesidades esenciales y la selva

LOS seres humanos, al parecer en mayor medida que otros animales, nos adaptamos rápido a un nuevo nivel de satisfacción de las necesidades. Lo cual a su vez hace cambiar la valoración futura de dichas necesidades: cuáles son las básicas, cuáles las prioritarias, cuáles las accesorias, cuáles las superfluas, cuáles las excesivas. En el mundo que vivimos peligrosa y austeramente, los niveles de satisfacción y exigencia se ajustan a la baja en línea con los niveles de disposición de renta menguantes, y también en función de las negras expectativas que crean las letanías agoreras del mundo interior -titular del supermercado de la esquina incluido- y exterior -estudios prospectivos de tanques del saber incluidos-.

El ajuste presupuestario en curso, el doméstico y el macro, tiene mucho de esa atribulación y de ese miedo. Nadie discutirá, o casi nadie, que si los ingresos bajan vertiginosamente, los gastos deben reducirse. En la esfera pública, tampoco se debe discutir que, si la partida fundamental de ingresos nacionales son los impuestos, los impuestos son otra vía para equilibrar el presupuesto: subiéndolos, claro es. Sin embargo, en esto topamos con rocas ideológicas. Subir los impuestos a las sufridas -nunca mejor dicho- clases medias sería inocular una nueva dosis de curare paralizante al consumo. La posición progresista -o mejor, progresiva- es apretar más la fiscalidad de las rentas más altas. Esto siempre ha topado con una perversión sin culpable: los que deciden sobre las subidas a las rentas más altas son precisamente rentas altas, o bien son personas con intensas dependencias de entidades financieras que obtienen jugosas rentas del capital, e intentan evitar -lobbeando- que se graven más. También hay otra vía impositiva: atacar a la economía sumergida, que se calcula en una quinta parte de la economía nacional. Para ello, conviene tener en cuenta dos cosas. Primera, la economía sumergida de subsistencia es higiénica y necesaria. Por el contrario, la evasión planificada desde posiciones de poder patrimonial, y no digamos la economía sumergida delictiva, son fuentes lógicas para recaudar más. Dicho esto, dicha también la dificultad de esta obligación pública: en la Agencia Tributaria -sufrida ella también- se da el adagio cubano: por los medios no te preocupes, que medios no hay… suficientes.

Hay, en fin, otras dos vías para ajustar los presupuestos y los presupuestos de tesorería, los que riegan las macetas a diario. La primera parece descartada ex ante: el recurso a nueva deuda pública, siquiera una deuda pública que se invirtiera en activos productivos rentables para los objetivos públicos. La segunda vía para equilibrar presupuestos es el crecimiento. Pero de nuevo la irónica sabiduría del cubano sin perspectivas: "Por el crecimiento no te preocupes, que crecimiento no hay". ¿O sí? Sí, sí, hay algún dato bueno, aparte de las exportaciones rampantes. Hemos sabido esta semana que nuestra añeja gallina de los huevos de oro, el turismo, ha llegado a cifras desconocidas desde hace una década. El crecimiento del turismo se valora en más de seis veces superior al escuálido crecimiento previsto del Producto Interior Bruto (PIB) para el próximo año.

Sobre las necesidades y su correlativo gasto para satisfacerlas, cabe recordar a Baloo y su genial canción con voz de Louis Armstrong, The bare necesities, las necesidades esenciales, que aquí se tradujo como "Busca lo más esencial no más…". Las imprescindibles (sanidad, educación, coberturas para los desfavorecidos y desafortunados), deben estar aseguradas por nuestro Gobierno, cualesquiera que éste sea. Ese Estado social debe estar al margen de inquietantes "tendremos el Estado del bienestar que podamos tener". Si no queremos convertir este patio en una selva, mucho más peligrosa que la de Baloo y Mowgli. La del tigre Shere Kahn y de la serpiente Kaa.

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