Por montera

Mariló Montero

Los negros siempre lloran

EL otro día, contagiada a través de una fotografía del periódico del dolor que trasmitían las lágrimas de un niño congoleño mientras masacraban su humilde aldea, a sus familiares, a sus amigos y su mísera vida, pensé: los negros siempre lloran. Sólo en esa zona de África se ha asesinado a cinco millones de personas en la guerra invisible del Congo, que apenas conmueve a la comunidad internacional. ¡Cinco millones! Era una reflexión que me llenaba de pesimismo y de resignación, porque, con el paso de los años, de la Historia, de los hechos y la experiencia, me voy convenciendo de que los ideales más básicos de la vida son inalcanzables. Que son un invento, vamos. Que el hambre debe existir como existe el dolor, la injusticia, la infidelidad, la deslealtad o los abusos de poder. Asuntos básicos, a fin de cuentas, sin solución.

Alguien se debió inventar esta forma de vida, cuyo objetivo vano es conseguir todo lo contrario. Los negros lloran, aún, por el hambre africana, a la que no se acostumbran a pesar de no haber conocido alimento. Lloran, todavía, porque en el patio de colegio occidental se les sigue mirando de refilón mientras la integración va a ritmo del capricho de los blancos. Lloran, hoy, en el suelo, mientras son aporreados hasta la muerte por policías norteamericanos de la aduana que sospechan sólo de su color. Lloran, desde siempre, porque son esposados para ponerles una multa de tráfico. Lloran, asimismo, porque, como sus casas se desintegraron en tablillas por un huracán, llevan años durmiendo a la intemperie. Lloran porque no les dejan casarse con su amor blanco.

El miércoles Negro de Obama lloraron otra vez. Y lloraron porque tienen la fe de que van a dejar de llorar. De que han logrado el pasaporte a la igualdad que les librará de ser aporreados, esposados, marginados, humillados, relegados, segregados, abandonados. Porque se ha legitimado la razón de su lucha eterna por los derechos humanos. Porque al fin se ha sentado un precedente de igualdad, respeto y autoridad. Hoy, las lágrimas negras empiezan a enjugar un pasado reciente escandaloso y difícil para el olvido. ¿Por qué Obama parece mesiánico? ¿Es porque pretendemos liberarnos de alguna profecía o tal vez sólo por el color de su piel? De todos modos, esperemos que así sea. Que el mundo que hemos vivido hasta hoy haya llegado al final de su barbarie, que empezó del revés y ahora hemos llegado al punto en el que quizá empezaremos a vivir por el derecho. Obama nos despierta la esperanza de que los valores básicos son el ideal de la vida. Espero ver al presidente de los EEUU y, en consecuencia, del mundo, ante la puerta principal de la Casa Blanca, junto a su familia negra, despidiendo al dueño de la Hacienda que esclavizó a tantos de su raza.

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