La ciudad y los días

Carlos Colón

Esta noche el Gran Poder

ESTA noche el Gran Poder abre con sus manos atadas las puertas de todas las iglesias para que no haya diferencia entre templo y calle, hermanos y devotos, fieles y bulla, puros e impuros. Esta noche el Gran Poder abre con sus manos atadas los corazones que sólo Él conoce, las conciencias en las que sólo Él puede entrar sin violentarlas, las memorias cuyas heridas de ausencias sólo Él puede curar. Esta noche el Gran Poder, hambriento de besos, rebosante de perdón y de consuelo, se da a todos sin condiciones. Le han quitado su cruz de madera para que los sevillanos le vayan haciendo -mirada a mirada, lágrima a lágrima, beso a beso- la cruz de dolor humano que le pondrán el Martes Santo por la noche. Lo han bajado para que cuando se eche a la calle en la Madrugada se cumpla la saeta que le cantó Rocío Jurado: "En la esquina de Trajano / me di de cara con Él / y parecía un ser humano". Le han atado las manos para que sea más libre, porque no hay libertad más grande que la de dejarse atar por amor a los otros y así, aun sin tan siquiera saberlo, como el samaritano bueno, atarse también a Dios.

Es muy del Señor la parábola del buen samaritano, la historia del compasivo impuro que halla a los ojos de Dios la gracia que los puros sin compasión no alcanzan. En estos días en los que estará tan cerca, dándose a todos sin rechazar a nadie, el Gran Poder le dirá a quien le pregunte qué debe hacer para quererle: "¿Qué te enseñaron tus padres cuando te traían aquí y te alzaban para besarme? ¿Qué te enseñan tus hijos con su indefenso amor sin condiciones? ¿Qué te piden tu conciencia y tus entrañas? ¿Qué te digo yo con mi cara, mis ojos y mis manos atadas? Ama al Señor con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo".

Y si algún malintencionado le pregunta quién es su prójimo, no sólo le responderá el Señor. Le responderán la plaza, Conde Barajas o Eslava, prolongando el templo hasta donde llegue la cola. Le responderá la forma en que sus devotos se funden con su Señor como Él se funde con ellos, porque allí el poder de Dios es tan sagrado como el sufrimiento de sus criaturas. Le responderá esa hermandad en la espera, ese rezar mirando y ese confesarse besando. Y quien se atrevió a probarle sólo podrá decir lo que respondió el maestro de la Ley mirando a Dios mismo a la cara: "El que tiene compasión, ese es el que te quiere". Entonces el Gran Poder le dirá con esos ojos suyos, que son dos heridas por las que se desangra de ternura: "Cuando bajes la rampa sin perderme la cara, te quedes en el atrio mirándome de lejos y salgas a la luz de mi plaza, haz tú lo mismo".

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