La ciudad y los días

Carlos Colón

La noche de los generales

EL tema lo tendrán que estudiar los técnicos. Si hay que ir a los juzgados, iremos a los juzgados. Eso sí, los expertos pueden concluir que el daño es relativo". Lo ha dicho Bernardo Bueno refiriéndose al laredicidio o destrucción del Bar Laredo que se ha perpetrado ante las barbas del Ayuntamiento, en un edificio de propiedad municipal y con permiso de la Gerencia de Urbanismo, aunque sin que el proyecto de reforma pasara por la Comisión Provincial de Patrimonio ni se atendieran sus débiles y tardías indicaciones de reposición de lo destruido. En la ambigua frase del delegado provincial de Cultura -"los expertos pueden concluir que el daño es relativo": pues si es así que los envíen urgentemente a un oculista-, y en el argumento patrimonialmente insostenible esgrimido por la propiedad de que la destrucción del Laredo "recupera" una traza anterior, estén las claves para dar por buena el asesinato de uno de los más hermosos y representativos bares de Sevilla.

Desde ese entorno filosocialista que confunde la militancia con la adhesión inquebrantable también se está haciendo correr la especie de que las críticas al laredicidio son exageraciones y fruto de una campaña reaccionaria contra el Ayuntamiento y el propietario, por su supuesta simpatía hacia el PSOE. Muy propio de estos tiempos en los que las cosas son del color del cristal partidista a través del que se mira. Es lo bueno del relativismo de pesebre: encuentra en la conjura de la derecha razones para justificar lo injustificable, dar por bueno lo malo y aplaudir lo que, en el caso de que hubiera sido autorizado por un gobierno de la derecha y ejecutado por alguien a quien se atribuyeran afinidades con ella, sería denunciado como un atentado contra el patrimonio. ¿Acaso no decía el pasado jueves el alcalde -¡y sin sonrojarse!- que "en Sevilla atendemos al lema de conservar para usar los edificios y mantenerlos vivos, y no sólo preservarlos para la memoria"?

¿Es tan grave la cuestión del Laredo? Con la que está cayendo sobre nuestro patrimonio podría parecer que no. Pero sí lo es. En cualquier caso se trata de algo que un delegado de Cultura merecedor de tal nombre debería llevar hasta el fin por su propio honor (más patrimonialmente perdido que el de la fassbinderiana Katharina Blum) y el de la ciudad (que ha perdido una bella pieza de su historia), actuando como el Omar Shariff de La noche de los generales: un policía alemán empeñado en desentrañar un crimen común, cometido además por un general, que parece irrelevante entre los miles de muertes y crímenes de la Guerra Mundial.

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