La tribuna

Rafael Caparrós

Un nombramiento para la esperanza

EN la misma sesión en que los jefes de Estado y de gobierno de la UE suscribían el decepcionante Tratado de Lisboa de 2007, acordaban el nombramiento de Felipe González como presidente del Grupo de Reflexión, con el trascendental encargo de elaborar una participada y razonada propuesta sobre el futuro político de la Unión Europea.

Felipe González es un "peso pesado natural" de la política mundial, excepcionalmente dotado para la comunicación y la pedagogía políticas, al que le cupo el privilegio de llevar a España durante su primer mandato gubernamental al ingreso en la entonces llamada CEE. Su trayectoria política presenta un balance de luces y sombras. Entre éstas, se le achacan su grado de responsabilidad en el espinoso asunto de los GAL (la famosa "x" del superjuez Garzón), su negligencia y/o pasividad ante la galopante corrupción intrapartidaria durante su segundo mandato (los tristemente célebres escándalos Filesa, Roldán, Mariano Rubio, etc.) y, según los guerristas, la orientación fundamentalmente neoliberal de las políticas económicas del PSOE.

Fue precisamente Miguel Boyer el principal mentor económico de Felipe González, al que, siendo ya su ministro de Economía, dio un cursillo de macroeconomía, al parecer tan acelerado como provechoso. Y tras su abandono de la política activa, se le reprocha su vinculación profesional con el magnate mexicano Carlos Slim, a cuyo servicio estaría prestando labores de mediación no siempre confesables…

Pero lo que nadie puede negarle a Felipe González es su europeísmo. Desde comienzos de los años 70, nadie en la esfera pública española enfatizó más que él, acaso con la excepción de Jordi Pujol, lo profundamente europeísta de sus convicciones políticas. Ese europeísmo de González no era casual. Para la izquierda y el centro de toda una generación de españoles, la de quienes ahora rondamos los sesenta años, Europa representaba entonces la mejor garantía de la inviabilidad política de la pesadilla franquista. Ya lo habíamos comprobado cuando el ministro franquista Ullastres solicitó la adhesión ante la CEE, y recibió de Europa una negativa basada en el incumplimiento español de las exigencias comunitarias del Tratado de Roma en materia de libertades democráticas. De hecho, la mayoría de esa generación compartíamos el dictum orteguiano: "España es el problema y Europa la solución".

Por eso y porque su propia trayectoria política personal estuvo siempre trufada de "interferencias europeas". Desde su candidatura como primer secretario del PSOE en 1974 frente al PSOE histórico de Llopis, avalada ante la Internacional Socialista por Willy Brandt, pasando por la asistencia masiva de dirigentes socialistas europeos (Michael Foot, François Mitterand, Willy Brand, etc.) al todavía clandestino, aunque tolerado, XXVII Congreso del PSOE, celebrado en Madrid en 1976, o las remesas del famoso "oro de Berlín" de comienzos de la transición, administrado con la constante presencia en las oficinas centrales del PSOE del inefable Dieter Koniecki, que luego darían lugar al affaire Flick y a su célebre pronunciamiento al respecto: "¡Ni Flick, ni flock!". O su importante aportación personal del viejo concepto de una "ciudadanía europea" al Tratado de Maastricht de 1992. Su posterior nombramiento como miembro del Grupo de Estudios sobre la Globalización de la Internacional Socialista y sus siempre documentadas publicaciones avalan que cuenta con el bagaje imprescindible para desempeñar adecuadamente esa ardua responsabilidad que ahora se le confía.

Y Europa, por su parte, está imperiosamente necesitada de una definitiva orientación de su propia unión política para afrontar debidamente los retos de la globalización. Como ha dicho el primer ministro belga, Guy Verhofstadt, "la globalización ejerce presión sobre el modelo social europeo desde fuera de la Unión, mientras que el envejecimiento de la población presiona desde dentro. Dar a ambas tendencias un respuesta bien orientada será la mejor forma de combatir el débil crecimiento económico y las altas tasas de paro. La base de estrategia conjunta ha de ser la convergencia, entendida como el establecimiento de unos mínimos y máximos -incluyendo áreas como protección social y tributación- en función de los cuales tendrán que desenvolverse los Estados miembros en el futuro. De esta manera la economía europea podrá una vez más ser competitiva y evitará rebajarse al dumping social."

A esa tan urgente como ciclópea tarea deberá dedicarse desde ahora Felipe González. Que le acompañe en tal empresa Jorma Ollila, el brillante y exitoso exdirector de la multinacional finlandesa Nokia, resulta asimismo esperanzador.

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