La tribuna

Juan Manuel Suárez Japón

La nueva-vieja Tánger

NO sé cómo se escribe su apellido, pero si recuerdo su significado: "elegante". Era, en efecto, Mohamed el elegante, el anciano de ojos negros que nos saludaba al llegar al hotel. Pese a lo marginal de sus funciones, su amable oferta de té a la menta, reconfortante para el presunto cansancio del viajero, había trascendido hasta instalarse en el enorme cartel anunciador, elevado frente a las miradas curiosas de los recién llegados. En los últimos años mi visita a Tánger no podía evitar este encuentro con un personaje en el que se encarnaba, sin necesidad de más explicaciones, la síntesis de las culturas que se mezclaron para hacer de Tánger una ciudad compleja, atractiva, diferente. Hace unos días he vuelto pero no estaba. Pregunté por él y me dijeron que no estaría más, porque Mohamed "el elegante" había muerto.

La tantas veces reiterada expresión de los historiadores del urbanismo de que "el tiempo pasa siempre por el rostro de la ciudad dejándole nuevas arrugas" se cumple de forma notoria en Tánger y no sólo por la suma de épocas que acumula su devenir histórico, cuyo origen se vincula a confusos lazos con griegos y fenicios, sino incluso contemplada en la menor escala temporal que supone la observación del paso de unos pocos años. Volvemos a ella y advertimos enseguida cómo nuevos elementos se añaden a la ya familiar imagen de su blanco caserío acostado en las colinas en el que sobresalen las torres de sus mezquitas, salpicadas y visibles por todas partes. Ahora es la orilla oriental de su bahía la que se modifica de un modo más ostensible, al amparo de dos grandes factores transformadores, a saber, el turismo y el macropuerto de cuyo inminente final todos -en Tánger y en Marruecos- esperan el maná de la multiplicación del pan de la actividad económica y de los peces del desarrollo humano y el incremento de sus parámetro de bienestar.

La eterna Tánger, cosmopolita y abierta, que sedujo a Truman Capote y Oscar Wilde, a André Gide o a Tennessee Williams, la ciudad que pintaran Henri Matisse o Delacroix, apenas puede ya ocultar el pálpito de la esperanza puesta en las nuevas dinámicas económicas a las que se une, con entera lucidez y decisión, la apuesta por la formación de sus jóvenes generaciones, que responden con envidiable entusiasmo a cualquier posibilidad de aprendizaje, como bien claramente constatamos año tras años en nuestra experiencia de colaboración con la Universidad Abdelmalek Essadi. El viajero recibe de inmediato este conjunto de sensaciones y entiende también que alcanzan un significado que trasciende lo puramente local para convertirse en reflejo de las aspiraciones colectivas del país y que asiste al tiempo de mudanzas históricas a las que se aboca la realidad actual de Marruecos.

También es cierto que cualquier recorrido por las periferias de esta Tánger, esta puerta de acceso al otro lado del Estrecho común que nos une y separa, tanto nos abre paso a carreteras que se reforman y desdoblan, a enlaces ferroviarios con el nuevo puerto, a expansiones urbanas que acercan la ciudad a los dos millones de habitantes, como a numerosas situaciones que nos trasladan el pálpito de las viejas culturas rifeñas, milenarias y dotadas de fuertes inercias: los zocos, los mercados en aldeas casi perdidas a las que sÓlo parece llegar la vida una vez cada siete días, campesinos -y muy especialmente campesinas- que cortan con hoces en mano los pastos resecos para el alimento de ganado, mujeres envueltas en mantos rojos y azules, algunas de ellas cargadas con haces de leña, y cuya figura se destaca sobre los fondos pardos de los caminos, o en fin, pequeñas piaras de ganados caprinos dispersas por los montes, aparentemente ajenas a cualquier custodia o dueño.

En una reciente visita a la kasbah de Tánger nos abordó un joven que se ofrecía para guiarnos por aquel recinto. Aceptamos y poco después vino la sorpresa: ¡era sordomudo! Le dejamos hacer y nos fue mostrando aquellos rincones y lugares acompañándose de gestos de aprobación o repulsa perfectamente comprensibles. El suyo, pensé, era un ejemplo de supervivencia admirable nacido del estímulo lacerante de la pobreza, símbolo también de un pueblo que no se resigna a ella. Convive, en la misma ciudad y a escasa distancia, con las nuevas pulcritudes informáticas que ahora nos reciben en el hall del hotel donde Mohamed el elegante nos ofrecía té a la menta para atenuar nuestros cansancios. Ya no está y su imagen en el cartelón publicitario ha sido sustituida por la de unos grandes almacenes comerciales que ofrecen todos los aditamentos de la modernidad.

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