La tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Un nuevo escenario

PODEMOS mirar hacia otro lado como autodefensa o no creérnoslo, pues tan fuerte nos parece; incluso, no verlo con rechazo, sino con complacencia. Sea cual sea la actitud que manifestemos, no es posible negar una realidad, de tanta trascendencia, que como historiador no me resisto a constatar: estamos en un nuevo escenario político, radicalmente distinto del que surgiera de la Constitución. Así lo han comprendido los dos grandes partidos, de forma que, aun manteniendo una retórica política constitucionalista, trabajan ya, bien es verdad que en grado diferente, de cara a ese espacio advenido.

Éste deriva de un hecho incontestable: el triunfo de los nacionalistas. Su política ha sido coherente desde el 78: aprovechar todos los resquicios posibles del sistema para caminar hacia su objetivo, nunca del todo ocultado: una separación de facto, aunque de derecho pueda seguir manteniéndose algún punto de unión con el resto por interés económico o para seguir en la UE.

Frente a esta actitud, en general, no han encontrado una oposición firme, sino condescendiente, que, de forma ingenua y, a veces, por buscar apoyo, pensó que podría amortiguarla a la larga dentro del marco de la Constitución. Además (y ésta es sin duda la obra maestra del nacionalismo), han logrado que el resto de los españoles, con el Gobierno central a la cabeza, les financien esa política. Y una vez conseguida la confederación o la independencia de facto, querrían también que su antiguo país continúe como mercado, imprescindible para las inversiones, ventas y captación de depósitos de sus fuerzas económicas. Los movimientos de ciertas cajas y grandes empresas en los últimos años van en esa dirección.

Ningún discurso de carácter unitario o de llamada al bien de España como nación parece, pues, convencerles; antes bien, los nacionalistas no paran en mientes para darle la vuelta o rebatirlo. Tampoco por consideración hacia sus conciudadanos que no lo son, muchos de los cuales abandonaron la Autonomía, ante la presión y el futuro incierto que les aguarda. Lo suyo es una ideología que actúa como una seudoreligión, con sus mitos y su propia retórica, que ha creado ya su propia racionalidad. Ellos, sencillamente, están en otra cosa y los mensajes españoles les suenan a música celestial, aunque deban contar aún con ellos a la hora de elaborar sus estrategias políticas. Y no olvidemos que, alrededor, se ha tejido una poderosa red de intereses: grupos económicos que entreven perspectivas de beneficio, personas que viven de la inmersión nacionalista, pretendientes a cargos de gobierno en un hipotético país independiente, etcétera.

Los medios que han utilizado para conducir este proceso son bien conocidos: control desde hace años de la cultura y la educación, lo que se traduce, entre otros, en varias generaciones formadas en el desapego, cuando no la aversión a lo hispano; política de hechos consumados, pragmatismo, el agravio histórico y el apoyo para sus fines en la vanguardia extrema nacionalista y (caso del País Vasco) el terrorismo. Por si fuera poco, hace cuatro años, estando ya avanzado el proceso descrito, ha sido asumido, positivizado y potenciado desde el Gobierno.

El escenario ha cambiado, pues, radicalmente. El sentimiento nacionalista está al presente tan crecido, se ha llegado tan lejos, que un simple intento de vuelta atrás parece imposible. Basta con ver la situación dentro de los territorios gobernados por el nacionalismo y sus socios.

Irrupciones imprevistas aparte, sólo una virtual unión de los grandes partidos en favor de la unidad nacional que incluyera la reforma de la Constitución, la modificación de la ley electoral e, incluso, la aplicación de otros mecanismos legales si fuese necesario, y siempre asumiendo un alto coste político-social, podría dar la vuelta al proceso. De lo contrario, será prácticamente irreversible la ruptura (en el caso más moderado, bajo el delgado hilo de la fórmula confederal), confiemos que pacífica, de la unidad nacional.

Todo esto, insisto, es contemplado por los dos grandes partidos del arco parlamentario. De hecho, vienen ya actuando en ese nuevo marco, bien es verdad que sin complejos en el caso del socialismo y de forma cautelar en el de los populares. A la par, sus propios "barones" autonómicos pujan con sus ejecutivas a fin de ampliar el poder logrado, promoviendo en sus territorios lo diferencial, en una apresurada carrera por no quedarse atrás.

Por propia salud mental, dudo que moral, debemos dejarnos de retóricas, ante una realidad que nos hemos ganado a pulso: la de la vieja España que se desvertebra en el marco de una fórmula confederal o de diferentes naciones independientes (otra cuestión será saber cuántas) en el más radical. Se trata de las verdades del barquero, que nadie debiera ya desconocer.

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