Por Derecho

Martín / Serrano

De nuevo, la igualdad

NOS contaba Juan Parejo hace unos días que la Hermandad de los Gitanos había sometido a votación de cabildo una reforma de las reglas en la que se introducía la posibilidad de que hermanos no gitanos pudiesen optar al puesto de hermano mayor, siempre que ningún candidato de esa raza hubiese obtenido al menos un 3% de avales para presentarse. El señor arzobispo, por su parte, consideraba algo "normal" la igualdad de derechos en la Hermandad de la Madrugada.

Tras unos años de relativa calma, parece que las cuestiones jurídicas cofradieras vuelven a estar de actualidad. Recuerda uno el tiempo en el que el Consejo se traía a la mejor canonística, los años en los que el llorado Alberto Ribelot avivaba el debate con la profundidad y brillantez que caracterizaron siempre sus intervenciones, o la valiente actitud con la que se defendió por alguno la legítima autonomía de nuestras hermandades dando al mismo tiempo solución razonable al callejón sin salida en el que nos metieron las últimas normas diocesanas del pontificado Amigo. Parecía que con el Decreto Asenjo o de las nazarenas todo había quedado zanjado jurídicamente cuando emergen nuevos asuntos que, sin duda, darán que comentar.

Ahora llama nuestra atención esta vieja incoherencia no resuelta, excepción al régimen general, que quebranta de facto las Normas Diocesanas. En su artículo 24.2 reconocen estas la plena igualdad de derechos políticos para todos hermanos mayores de edad. Ciertamente, se atemperó el riguroso criterio con una interpretación favorable a introducir requisitos de edad o antigüedad, que en nada contradicen el principio que inspira la norma, porque se pueden alcanzar con el tiempo. Pero, con la actual ley diocesana, resulta incomprensible el mero hecho de que se permita someter a votación un punto que cuestiona la proclamada igualdad de los hermanos.

El caso es que uno encontraría argumentos a favor de mantener la tradición si no fuera por la apuesta que la diócesis realizó en su momento. Claro que la primera igualdad conseguida en el ámbito eclesial tuvo lugar en el Concilio de Jerusalén. Sin él, la Iglesia seguiría siendo judía.

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