RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

El número 1

RAFAEL Nadal ha asumido la corporeidad olímpica, ha contenido en sí todo el peso vital de la delegación española, ha sabido encauzar una expectativa sideral con una sencillez de ángel de hierba. Cuando esta columna se publique, ya será número 1 del mundo. Nadal ha perseguido el número 1 por detrás de un tenista de excepción: un suizo llamado Roger Federer al que Rafa ha comido la moral. Comerle la moral a alguien es una manera de cazarle, de retratar sus ansias y sus miedos, de meterse dentro de él para minarle, para ir sembrando bombas de lapa y psicológicas debajo de una piel reconocida. Nadal, cuando juega, demuestra que conoce a sus rivales, que ha asimilado bien unos puntos vitales que son fragilidad de indecisión, y ha aprendido a leer el tiempo del partido y las jugadas que así van esquinando una posición letal sobre la pista.

Nadal, cuando clava los pies sobre la pista, es un latigazo que reacciona, es un golpe eléctrico en el mar con los talones firmes en la tierra. Nadal, cuando nos habla, nos demuestra igualmente que ha asentado bien las plantas en la tierra, que es un hombre joven dedicado al deporte como una vocación, pero sin olvidar que es un deporte. Eso es lo que hace, además de otros muchos ingredientes, un carisma de Nadal: porque muchos otros deportistas que ganan el mismo dinero, o quizá menos, y que también son jóvenes pero con menos talento que Nadal, se encumbran a sí mismos con un clasismo ralo que sólo se define en la cartera, que es el contrato exacto, abusivo o justísimo de la sociedad con uno mismo. El contrato que la sociedad mundial ha establecido con el joven tenista Rafael Nadal tiene una letra pequeña migratoria que es una admiración sin parangones, sin límites ni dudas, sin fisuras, porquen Nadal, después de haberlo ya ganado todo, aún no se ha movido de sí mismo, de su naturalidad espontánea, de una simpatía que le sale de dentro y lo suaviza, que nos hace olvidar esa especie de furia de guerrero, de pantera pesada y azarosa, de muscular presencia, que ha cortado el aire con sus zarpas, con sus patas pesadas, con ese retumbar que tienen los felinos en la tierra.

Los ojos de Nadal, antes del saque, son un instante puro de sol bruto, una animalidad que se levanta, que supera la vista y se dirige a un adversario esquivo, indefinible, a un ser que no se ve. Nadal, cuando golpea, a pesar de estudiar a sus rivales, a pesar de aprender cada ritmo del juego en cada superficie y cada día, sólo lucha ya contra sí mismo. Independientemente de lo que suceda a partir de ahora, Rafael Nadal, como en la novela de Andrés Reina, ya ha conseguido dominar al leopardo.

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