desde mi córner

Luis Carlos Peris

Un oasis en el zafio desierto

Cada vez que se escucha a Miguel Guillén más incomprensible parece haber soportado tantas ordinarieces

DESGRANA sensación de sinceridad y buenas maneras, jamás se mete en charcos gratuitos y es, indudablemente, un soplo de aire fresco para un mundo, el del fútbol, que en ocasiones parece demasiado emponzoñado y ciertamente contaminado. Me refiero al presidente del Real Betis Balompié, ese Miguel Guillén al que su multitudinaria tropa de amigos le llama Miguelo. Pensaba mientras le escuchaba en la rueda de prensa que ayer concedió en de qué forma le ha cambiado la vida a este Betis y la verdad es que no hay otra salida que congratularse porque el día después del largo secuestro sea como es.

Harto de escuchar baladronadas y de soportar discursos con incalificables faltas de ortografía, oír a Guillén es un oasis de buenas maneras en el desierto de zafiedad que escenificó la vida del Betis durante dieciocho años. Además, cómo siendo lo que es, un recién llegado a la causa, mira por el pasado, sobre todo por los que escribieron el pasado de una institución que hubo un tiempo en que llegó a dar la impresión de que acababa de nacer, que carecía de pasado. Respetuoso con los rivales, ha conseguido que haya una cordialidad con el resto de instituciones que era impensable hace poco; cordialidad que con el eterno rival parecía imposible hasta ayer mismo.

Así como muchos padres mandan a sus hijos a Inglaterra para que aprendan la lengua de Shakespeare, parece que a Miguel lo mandaron allí también para que adquiriese los modales que son exigibles a los que como él son considerados ciudadanos del mundo. No son exageraciones de un iluminado, sino la percepción de unas sensaciones bienvenidas por la sencilla razón de haber soportado un tiempo pasado que mejor no recordarlo. No sé si luego funcionará el equipo o no, pero también hay que convenir en que cuando las cosas se hacen como hoy se hacen en el Betis, el balón que va al palo es más posible que entre a que se pierda en el limbo de las ocasiones erradas.

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