El tránsito

Eduardo Jordá

El ojo de la cerradura

ME pregunto qué necesidad tenemos de pasarnos la vida enchufados a una webcam o a la cámara del móvil. En Écija, un señor -por llamarlo de alguna manera- colocó una cámara oculta en el lavabo de las empleadas de su empresa, y luego difundió las imágenes por internet. Un tema apasionante, sin duda, ése de los retretes. Pero cada día ocurre algo similar: alguien graba una pelea o una humillación (a un chino en su tienda, a una señora que pasea el perro, a otro alumno en el patio del colegio), y luego cuelga las imágenes en la red. Y lo mismo ocurre con peleas de perros, con palizas o con las carreras ilegales de coches y de motos. Es un fenómeno que parece imparable. ¿Por qué? No hay que descartar la posibilidad de que esta sociedad se esté volviendo idiota, en el sentido literal del término.

Un amigo, profesor de Filosofía en un instituto del extrarradio, me cuenta el caso de un alumno suyo que sufre una especie de depresión incurable. El alumno -inmigrante, por cierto- es un excelente estudiante, saca buenas notas, vive en una familia "estructurada" -y pido perdón por usar la palabreja- y no sufre ningún tipo de exclusión social. Al contrario, su familia vive con cierto desahogo y sus padres lo tratan muy bien. El chico no ha sufrido maltrato ni abusos, sino todo lo contrario. Pero vive rodeado de alumnos de su misma edad, casi todos prácticamente analfabetos, que se pasan la vida enchufados a un teléfono móvil o a una pantalla de ordenador, emitiendo unos pocos gruñidos como único lenguaje articulado. En cambio, a ese extraño ejemplar de adolescente lo único que le interesa es leer. Pero no leer a Ruiz Zafón, sino leer a Nietzsche y a Schopenhauer. Y claro está, el chico no puede relacionarse con nadie y sufre graves problemas de convivencia. La orientadora psico-pedagógica del centro no entiende su caso. Sus compañeros lo rehúyen porque no comprenden que alguien pueda pasarse la vida leyendo (algunos han llegado a sospechar que sufre una enfermedad incurable). Y ni siquiera sus profesores, acostumbrados a la burricie general, parecen capaces de entenderlo. Y el chaval, claro está, sufre mucho.

Este chico tiene un problema: le gusta mirar por el ojo de la cerradura. Pero no por el ojo de la cerradura donde sólo verá bragas o escenas sórdidas de sexo infeliz. Nada de eso. A él le interesa mirar por el ojo de la cerradura que oculta el secreto de vida: qué hacemos aquí, quiénes somos, qué sentido tiene lo que hacemos. Este chico también sufre una adicción, pero no se trata de una adicción a la brutalidad y a la estupidez, sino de una adicción a averiguar qué puñetas hacemos en este mundo. Y por eso coge sus libros de filosofía y acerca bien el ojo a la cerradura. A ver qué sale.

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