La ciudad y los días

Carlos Colón

Con ojos claros y enamorados

LA salita de estar en la que se supone que estudiábamos estaba junto a la cocina, y ambas se abrían a un pequeño patio. De la cocina llegaban olores a guisos sevillanamente alegrados con hierbabuena, romero, vino, clavo o laurel, y en Cuaresma un perfume antiguo de miel y vino. Del ojo del patio bajaba una luz clara. De la planta baja subía la conversación -y a veces alguna copla- de las costureras de la sastrería. Y no recuerdo si de aquella casa u otra vecina el aire traía el canto de un canario. Descubrí allí lo que a Luis Cernuda le llevó una vida desentrañar: en el teatro de los Quintero hay más verdad de Andalucía y de Sevilla de lo que el pedante tópico intelectual pretende. Cernuda murió mientras rescribía su famoso artículo de 1962 sobre los Quintero, en el que confesaba que su aversión inicial se trocó en encantamiento cuando asistió en los años 30 a una representación de El patio, a la que había ido con unos amigos para burlarse "de ella y de quienes la escribieron", saliendo en cambio "encantado con la obra y los autores"; y sobre todo cuando ya en el exilio los releyó por "añoranza vergonzante de ambiente andaluz".

Le debo ese descubrimiento temprano, que confirmaba el luminoso presentimiento mío de que Sevilla era una tierra sin sombra, a la familia Haldón Reina: a José María Haldón, maestro sastre; a Dolores Reina, luz de aquella casa chiquita, alegre y blanca de la calle Matahacas; a mi amigo José Haldón Reina, maestro mío en tantas cosas sevillanas; y a su hermana Loli, a la que enfadábamos quitándole del picú Cosmos El gato está triste y azul de Roberto Carlos para poner el pregón de Rodríguez Buzón o las marchas del elepé de Pax con la Virgen de los Dolores de San Vicente en la portada. Luz de aquella casa alegre y sevillana -o alegre por sevillana- he llamado a Dolores-Loli- Reina, y cuantos la conocieron saben que no exagero. Como de joven fue repasadora de películas, en aquellos tiempos en los que soñar en los cines ayudaba tanto a vivir, a lo mejor se le quedó en las manos briznas de la alegría con que las películas alumbraban tardes tristes. Pero no fue el cine, seguro, sino Sevilla la que le dio esa luz que se acaba de transfigurar, no de apagar, para brillar aún más y para siempre. Porque Loli Reina tenía ese genio alegre que es tan sevillano como la melancolía de Romero Murube.

El viernes pasado los suyos y cuantos la queríamos le dijimos adiós con esa pena tan especial que provoca la muerte de las personas buenas y alegres que contemplan la vida -como Cernuda dijo de los Quintero- con andaluces ojos claros y enamorados.

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