Peggy Gilbert / Psicoterapeuta

Tú eres más que tus ojos

Desde que nacemos, la mayoría de los seres humanos nos relacionamos con el resto de la especie a través de la vista. Por eso, la pérdida de ella supone una pérdida esencial. No podemos -ni debemos- quitar importancia al hecho de ir cada día perdiendo inexorablemente el sentido de la vista, pero eso no quiere decir que no se pueda gozar de la vida. Hay que llevar a cabo el difícil proceso de reconocer los aspectos emocionales asociados a la pérdida pues para poder adaptarse a la nueva condición hace falta fuerza emocional.

Por lo general, lo primero es la negación: "¡Esto no me puede estar pasando!" Se trata de un modo de evitar la ansiedad. Durante cierto tiempo, es una defensa instrumental; permite que la persona afectada pueda seguir funcionando hasta que esté en condiciones de ir aceptando su nuevo estado. El siguiente paso suele ser la rabia: "¿Por qué a mí?". En esta fase la convivencia con el afectado puede resultar complicada ya que con frecuencia, los seres queridos son el blanco de su ira. La rabia con frecuencia va seguida de la tristeza -una respuesta saludable ante cualquier pérdida-.

Por último, está la fase de la aceptación. El afectado comienza a aceptar su condición, y va a estar en disposición de fijarse en lo que tiene, y no en lo que le falta. Se trata de tener en cuenta a la persona como un todo. ¡Uno es más que los ojos! Es en esta fase que el afectado puede vislumbrar una cierta esperanza. Va a empezar a ver más allá de sus limitaciones. Se trata de potenciar los recursos propios que todo ser humano tiene. Es el momento de fomentar la capacidad de amar; profundizar en las amistades, de estrechar lazos. ¡No hace falta ver para amar! Es el período en que el afectado puede potenciar su creatividad en todos los ámbitos de la vida. Sobre todo, se trata de vivir el momento presente.

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