Tribuna Económica

Joaquín Aurioles

C olaterales de la reforma financiera

Aestas alturas, el diagnóstico de la crisis internacional no ofrece ninguna duda. Demasiado dinero buscando una rentabilidad que no aparecía por ningún lado, que terminó convirtiendo a los nuevos inversores en presa fácil de los que estaban dispuestos a ofrecer, exactamente, lo que aquellos deseaban oír.

La sociedad que surgirá de esta crisis encontrará un entorno regulatorio mucho más exigente para dos de sus principales baluartes, los bancos y los gobiernos, es decir, un margen de maniobra financiero mucho más limitado que antes de 2008, aunque nada de ello garantice la desaparición de las amenazas ni la corrección de las imperfecciones en los mercados financieros. La experiencia de la Eurozona, donde los esfuerzos de integración no han conseguido evitar que las diferencias en las condiciones de financiación a empresas y hogares hayan aumentado, proporciona evidencias de los fallos y también advierten de otros riesgos. Si el descenso de la prima de riesgo española hasta niveles cercanos a 200 facilita la transmisión al sector privado de una mejora en las condiciones de financiación, vendrá de la mano del retorno de una parte de los capitales que previamente emigraron hacia los mercados de bonos del centro y norte de Europa. El pronóstico no puede ser otro que el de corrección de sus precios a la baja a medio plazo, con el consiguiente aumento de rentabilidad y tipos de interés, lo que en definitiva significa que estas economías deberían contemplar la posibilidad de que finalmente se vean obligadas a soportar una parte de los ajustes que hasta ahora han descargado de forma exclusiva sobre las espaldas de las periféricas.

Pero todavía quedan otras imperfecciones y amenazas, que no van a resolver ni los test de estrés ni la nueva regulación bancaria. Entre las primeras, el distanciamiento entre las necesidades financieras de la economía y el tipo de soluciones que ofrecen los bancos. Puede que sea un problema transitorio derivado de la heterodoxia monetaria, que ha llevado a los bancos de todo el mundo a transformar en base monetaria, es decir, en reservas, las inyecciones masivas de dinero que reciben de sus bancos centrales, pero la realidad es que el dinero entra a la economía por el sector financiero y se queda dentro de él, ignorando por completo las necesidades de la economía real y, por lo tanto manteniéndose al margen de los problemas de crecimiento y desempleo. Entre las amenazas hay que destacar los riesgos derivados del aumento de tamaño de los balances de los principales bancos centrales del mundo. El origen también está en las políticas monetarias no convencionales y en la acumulación de títulos de dudosa calidad como garantía, de manera que las críticas apuntan en dos direcciones. Por un lado, los riesgos inflacionarios a largo plazo, aunque en el sentido contrario se arguye que si algún miedo existe en estos momentos es a la deflación. Por otro lado, que si los bancos centrales comenzasen a acusar problemas de morosidad, no habría que descartar tensiones sobre los tipos de cambio derivados de la aparición de fisuras en la estructura financiera de las entidades.

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