AHORA no podían repetir lo de "el tal Blázquez" como cuando el Vaticano nombró obispo de Bilbao a un palentino, Ricardo Blázquez, y el jefe nacionalista Arzalluz le recibió con esa manifestación de desprecio. Ocurre que "el tal Munilla", recién designado obispo de San Sebastián, nació en el mismo San Sebastián y es vascoparlante. Incluso gasta planta de vasco.

No importa. El clero guipuzcoano, en su inmensa mayoría, también lo ha recibido de uñas. Párrocos y arciprestes consideran que no es la persona idónea para pastorear la diócesis y que su trayectoria viene "marcada por la desafección y falta de comunión con las líneas diocesanas". ¿A qué líneas diocesanas se refieren? Pues a las líneas seguidas hasta ahora por sus antecesores, muy influidos por el nacionalismo dominante, aunque en los últimos meses no reinante.

José Ignacio Munilla es, efectivamente, un distinguido representante de la línea conservadora y centralista de la Iglesia católica, que es precisamente la mayoritaria. Al frente de la misma se encuentra el cardenal Rouco Valera, que ha hecho valer esa fuerza ante el Vaticano a fin de que éste designara a su candidato para cubrir la vacante que deja Juan María Uriarte, quien no ha tenido la caridad cristiana de anunciar el nombre de su sucesor de manera directa, sino a través de un vídeo dirigido a los fieles.

No es infrecuente que la llegada de un nuevo obispo cause inquietud en la grey. Lo insólito es que el malestar se exprese de forma pública, contundente y sin resquicios para la duda. Ni siquiera le han concedido un periodo de gracia. Ya saben que su ejercicio pastoral será negativo, probablemente porque no se ajustará a los cánones establecidos: magníficas relaciones con el nacionalismo, identificación con las señas de identidad particulares del País Vasco, apuesta por el diálogo frente a la violencia y condena de los crímenes de ETA, a la vez que preocupación por los sufrimientos de los presos etarras y sus familiares (por el contrario, ya casi ningún cura se niega, como antes, a oficiar funerales por alguna víctima del terrorismo sin que ningún obispo, nunca, haya creído necesario reprenderle).

Tampoco se trata exactamente del enfrentamiento entre una concepción más jerárquica y autoritaria de la Iglesia y otra más horizontal y participativa. Para que así fuera la protesta contra Munilla tendría que proceder no del clero, que es la aristocracia de la institución, sino de los fieles y creyentes en general, que son la base. Esa base sigue sin ser escuchada en el seno de una organización que desconoce la democracia interna. A pesar de que Iglesia, etimológicamente, remite a asamblea o congregación.

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