la esquina

José Aguilar

Un padrino discutible

EL párroco de Huelma, en la provincia de Jaén, ha impedido que un vecino del pueblo apadrine a una niña por encontrarse "fuera de las normas de la Iglesia", ya que está casado por lo civil con otro hombre. El cura indagó si el aspirante a padrino estaba bautizado y confirmado, con respuesta afirmativa, pero luego se interesó por su estado civil y ahí saltó la liebre: casado al amparo de la ley del matrimonio homosexual.

El sacerdote no montó en cólera, sino que rechazó el padrinazgo propuesto por los padres de la criatura. Lo hizo en base al vigente Código Canónico de la Iglesia católica, que exige que el padrino sea católico, bautizado, confirmado y comulgante -todos estos requisitos los cumplía el aspirante-, pero también que "que lleve una vida congruente con la fe y la misión que va a cumplir", y para este último extremo ni el párroco ni el obispo del lugar lo consideraron apto. De modo que no ha podido apadrinar a la niña.

Hay que añadir que el padrino frustrado es católico practicante y ha sido durante años catequista, colaborador de Cáritas y miembro activo de cofradías locales. A pesar de todo lo cual, creo que en este conflicto tiene razón la jerarquía eclesiástica y no el creyente homosexual reprimido en sus legítimos deseos de padrinazgo. A ver: existe una discriminación evidente de los homosexuales en el seno de la Iglesia católica, como existe una discriminación notable de las mujeres. Pero es previa a su pertenencia a esta confesión religiosa. Cuando uno se adscribe voluntariamente a la misma ya conoce cuáles son las normas a las que ha de atenerse. Una mujer que decide formar parte de la Iglesia sabe que no podrá llegar al sacerdocio ni quejarse de estar discriminada si no le dejan decir misa. Un homosexual con participación activa en las actividades de su parroquia sabe que si se casa con otro hombre la Iglesia no le dejará apadrinar a un niño (mientras no cambie el Derecho Canónico, que debería cambiar ciertamente, en este y en otros aspectos).

Como ya no obligan a nadie a ser católico, ni la costumbre o la tradición tienen la fuerza de otras épocas, esto de estar en la Iglesia con todas sus consecuencias es parecido a ser socio de un club. De fumadores, por ejemplo. No puedes afiliarte a este club y pretender que de cinco a siete de la tarde no se fume en el recinto porque a esa hora la siesta sin humos es sagrada para ti. O cumples las normas o se cambian o te das de baja. Personalmente no veo por qué un homosexual casado va a ser un mal padrino para cualquier niño. Será tan malo o tan bueno como un heterosexual. Pero si se es católico militante hay que obedecer las reglas que dictan las autoridades católicas. Agruparse siempre merma la libertad individual.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios