La esquina

En los pantalones

SE lo hizo en los pantalones. La detención del etarra Aitzol Iriondo delante de la iglesia de Gerde (Francia) ha supuesto un avance significativo en la liquidación definitiva de los mitos que aureolan la existencia de ETA y, en consecuencia, un paso adelante en la desaparición material de la propia banda.

Primero, por eso mismo, lo de los pantalones. Iriondo intentó tirar de hierro (pistola) en el momento de ser detenido, pero al ver la pistola de un agente apuntando a su cabeza se lo pensó mejor. Después sus captores comprobaron que en ese instante fatídico el terrorista se orinó en los pantalones. Sintió algo tan humano como el miedo.

Un miedo cerval, puro pánico. Porque no es lo mismo disparar por la espalda a un concejal desarmado y desprevenido que enfrentarse a un grupo de policías que llevan armas y van a detenerte por lo que has hecho, aun a sabiendas de que no tienen el propósito de rematarte allí mismo, sino de conducirte delante de un tribunal. Hay que imaginarse lo que pensarán los etarras presos cuando ingrese en la cárcel, con ellos, el jefe máximo que se orinó durante su captura. El día en que Iriondo se siente en el banquillo lo veremos jactancioso y chulesco, pero ninguno de los suyos habrá olvidado lo que le pasó el 8 de diciembre de 2008 en Gerde (Francia).

El mito de la valentía de los gudaris etarras no ha podido quedar más destrozado. Hay más. ¿Qué me dicen del mito de la invulnerabilidad de ETA? La ficción de que ETA es prácticamente invulnerable, de que se regenera con facilidad después de cada golpe policial y de que unos líderes de peso sustituyen a los que caen en una lucha que no cesa ha alimentado el imaginario abertzale durante décadas y, con él, la resignación de los ciudadanos normales.

Frente a este mito se alza una realidad incontrovertible: en los últimos tiempos ETA no se regenera, sino que degenera. Sus dirigentes son cada vez más jóvenes, menos formados y menos solventes (aunque se trate de una solvencia para hacer el mal). Disminuye constantemente el tiempo que transcurre entre el día en que sus comandos cometen un atentado y el día en que, cumpliendo su destino natural, son detenidos y puestos a disposición judicial. Aitzol Iriondo ha durado tres semanas como jefe supremo de ETA. Nunca ha pasado algo parecido en ninguna organización terrorista conocida. La seguridad interna de la banda está ausente. ETA sufre una infiltración policial evidente, aunque no podamos conocerla. Otro mito que cae.

Cuando decimos que ETA agoniza, aunque pueda matar más, no expresamos un puro ejercicio de voluntarismo. Se trata de una constatación. La agonía será más o menos larga, pero acabará como todas las agonías.

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