La tribuna

Rafael Caparrós

La paradójica aportación de Rajoy

DOS rasgos esenciales del auténtico liderazgo político son, como sabemos desde Maquiavelo, la sagacidad intelectual y el "instinto asesino". Pues bien, Rajoy, en mi opinión, carece de ambos.

De su carencia de astucia intelectual hay ya numerosos testimonios. Recordaré sólo dos. El primero es su afirmación, tan políticamente apasionada como conceptual e históricamente errónea, de que "España es una nación desde hace más de 500 años". Es evidente que Rajoy confunde Estado con nación, porque lo que surge de la unión territorial dinástica de Castilla y Aragón realizada mediante el matrimonio de los Reyes Católicos es un Estado moderno, pero con un sustrato sociológico-político multicultural y plurinacional. En efecto, la Concordia de Segovia de 15 de Enero de 1475 establecía que cada reino conservaba sus leyes, lenguas, costumbres, instituciones políticas, banderas e incluso fronteras. De hecho, subsistieron durante mucho tiempo todavía en los diferentes reinos peninsulares las distintas Cortes, las fronteras interiores y las diversas culturas coexistentes en cada uno de ellos (cristianos, judíos, mudéjares).

Los Reyes Católicos nunca usaron el título de "Reyes de España", por la sencilla razón de que lo que hoy llamamos España no existía todavía. Hay que esperar hasta el siglo XVIII para encontrar el origen de la España actual, tras los Decretos de Nueva Planta de Felipe V, que eliminan los antiguos reinos de la Corona de Aragón. La bandera y el escudo actuales fueron diseñados en el reinado de Carlos III, también en el siglo XVIII. Pero es que, además, ni siquiera en la actualidad puede afirmarse que España sea una única nación. Mal que le pese a Rajoy, España sigue siendo hoy un Estado plurinacional, como paladinamente reconoce el art. 2º de la vigente Constitución Española, al hablar de "las nacionalidades y regiones que la integran".

El segundo es todavía más grave, en la medida en que afecta a uno de los más ominosos problemas globales que se ciernen hoy sobre toda la humanidad: el cambio climático. Que un candidato a presidir el Gobierno del Reino de España respondiera negando sencillamente la existencia del problema, con la chusca apelación a los saberes de su primo, pone de relieve su pasmosa ingenuidad política.

De su falta de killer instinct es prueba la esterilidad de su contumaz estrategia política de crispación y bronca permanente a lo largo de la pasada legislatura, que le ha llevado a la derrota final. Como resumía El Roto: "¡Qué injusticia, tantos insultos y mentiras y que no hayan servido de nada!" Zapatero, en cambio, a despecho de su imagen de Bambi, hizo gala de un inequívoco instinto asesino cuando le preguntó en el segundo debate televisivo si le parecía mejor una política antiterrorista como la suya con 4 muertos, o la del Gobierno anterior con "sus" 238 muertos...

De su decisión de continuar al frente del partido hasta el próximo Congreso del PP, al que concurrirá como candidato a la presidencia partidaria con su propio equipo, cabe deducir que Rajoy alberga el loable propósito de poner cierto orden en el caos de la dirigencia política del PP, hasta ahora severamente lastrada por la larga mano de su predecesor. Una deducción avalada, además, por la más que probable participación del sector más aznarista del partido (Acebes, Aguirre, Zaplana, etc.) como testigos de la defensa de Jiménez Losantos -el promotor del mote Maricomplejines para designar a Rajoy y un destacado integrante de la Brunete mediática del PP- en la querella criminal interpuesta por Gallardón.

Si Rajoy consiguiera desplazar de la cúspide del poder partidario al sector más ultra del PP, tan trufado de elementos y valores del Opus Dei y/o de los Legionarios de Cristo, sustituyéndolos por los González Pons, Soraya Sáenz de Santamaría, García Escudero, etc., su paradójica aportación política -para llegar a ser realmente autónomo debe antes matar simbólicamente a su padre político-, habría justificado sobradamente su hoy cuestionado liderazgo. Y de este modo, independientemente de su eventual condición de candidato electoral del PP en 2012, habría rendido un excelente servicio tanto a su partido, que se acercaría bastante más a la moderación democrática de la derecha europea más presentable, como a su país, en cuanto que los difíciles desafíos pendientes (la reactivación económica, el cambio del modelo productivo y el acceso a la sociedad de la información, la estabilización del Estado autonómico, el urbanismo y la vivienda, etc.) exigen dedicar la próxima legislatura a la más sesuda reflexión y al debate intelectual de planteamientos políticos contrapuestos, y no a la bronca pseudopolítica visceral, que hasta ahora hemos venido padeciendo.

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