la esquina

José Aguilar

Una pareja en divorcio

EL golpe de mano de Rubalcaba-Blanco-Chaves -y tal vez Bono- para designar al primero candidato por aclamación y cerrar el paso a Carme Chacón, la auténtica Zapatera tras Zapatero, resuelve sólo en la superficie el problema del liderazgo socialista. Únicamente un congreso extraordinario y la convocatoria anticipada de elecciones zanjaría la cuestión. Para bien o para mal, quién lo sabe.

José María Ridao ha escrito atinadamente sobre la esquizofrenia de la actual situación del PSOE. Creo que afecta sobre todo a Rubalcaba. Su primera servidumbre es la bicefalia: será el candidato socialista a la Presidencia del Gobierno, pero estará subordinado al que lo preside actualmente y al que tuvo que forzar a dejar el terreno libre. Él es nada más que el candidato, mientras que el otro dirige la nación y controla el aparato del partido. Con el programa que se dispone a llevar a cabo en lo que le queda de mandato conducirá al PSOE a la derrota, y con él, en primerísimo lugar, a Rubalcaba. El rostro del fracaso.

Hay más. Rubalcaba -¡qué manía con que los compañeros le llamen Alfredo, igual que Griñán pidió que le llamaran Pepe!- tendrá que defender como vicepresidente primero y portavoz las políticas que dicte Zapatero, es decir, la continuidad de su acción de recorte y ajuste (recuerden: "Me cueste lo que me cueste"). Pero, al mismo tiempo, necesita obrar el milagro de convencer a la gente de que él representa el cambio con respecto a ZP. Las elecciones generales serán muy difíciles para el Partido Socialista aun cuando Rubalcaba acierte a desprenderse de la herencia que deja Zapatero, pero si no logra la epopeya serán directamente imposibles. Quizás exageramos las expectativas. Quizás para el PSOE solamente se trata de salvar los muebles, conservando un grupo parlamentario de 110 ó 120 diputados, y entonces Rubalcaba es la mejor opción de las posibles.

Aun así, insisto, ¿cómo van a gestionar su difícil convivencia el que llega y el que sigue? Prodigarán los abrazos en público y las efusiones mutuas, pero ¿quién tendrá la última palabra en la elaboración del programa electoral (repito el dilema: continuismo o cambio) y, sobre todo, en la selección de las candidaturas de cada provincia? Ésta es un conflicto siempre, y lo será más en un estado de desconcierto y pérdida de poder. La existencia de tensiones y disputas es inversamente proporcional a las expectativas electorales. No todos los parlamentarios actuales tienen asegurado continuar en puestos de salida y también pelearán por un hueco los que acaban de ser desalojados de ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas. El lío va a ser tremendo.

A mayor abundamiento, dudo mucho de que Rubalcaba pueda aspirar a la secretaría general del PSOE tras perder unas elecciones.

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