PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Los partidos y las conductas

SOBRAN ejemplos y falta ejemplaridad, la palabra de moda en el lenguaje políticamente correcto para superar en la lista de éxitos a innovación, emprendedor y sostenibilidad. La decisión del Rey de degradar a Urdangarín por "conducta no ejemplar", sin necesidad de esperar ni a un procesamiento judicial ni a una condena o absolución, se ha convertido en el listón de referencia que la ciudadanía, las autoridades, los militantes y las cúpulas de los partidos deben tener a mano para exigir que sean apartados de los cargos públicos todas las personas que no sean ejemplares en su cometido. Rajoy aún está a tiempo de evitar que en las altas esferas de la Administración del Estado sean nombrados conmilitones no ejemplares.

Conforme la praxis democrática ha sido tergiversada, en el tránsito desde la ilusión hacia el desencanto, los partidos han usado la argucia de judicializar cualquier asunto vidrioso, y aprovecharse de la lentitud del sistema judicial (que no les interesa fortalecer) para enrocar a sus cuestionados dirigentes bajo el artero principio de que mientras la Justicia no se pronuncie, no cabe determinar responsabilidades políticas. El Rey ha resituado la escala de valores y de actitudes.

Para apalancarse en las instituciones, no basta ni con aguardar al final de una investigación judicial, ni con salir indemne de cualquier acusación, bien por falta de pruebas, bien por otras razones. Para ser un representante del poder que emana del pueblo, o se es ejemplar o no se es ni presidente, ni diputado, ni consejero ni concejal ni cualquier cargo que dependa de éstos.

Exigir la ejemplaridad propende a generalizar el código de buen gobierno. En la Justicia, nadie tiene que demostrar su inocencia, se puede adoptar una actitud pasiva porque son otros quienes han de demostrar las acusaciones. En política, hay que dar ejemplo por activa, con honestidad, sapiencia y transparencia. Basta ya de blindarse en el poder con excusas a la par que se tapan las incapacidades y las fullerías, a fin de que la sociedad no consiga saber en manos de quién está.

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