El poliedro

La pasión del nazareno

Los bancos aprietan las clavijas a Portillo y sus socios lo aprovechan para que abandone la presidencia

EN esencia, si un mercado emite señales de agotamiento (desaceleración, corrección, aterrizaje suave, ¿crisis?), los dineros que en él navegan buscan destinos alternativos. Si la empresa es pequeña, esa búsqueda de nuevos mundos la decide gente que se ve las caras, digamos, a diario. Si la empresa es grande -y, por ejemplo, cotiza en bolsa- los dineros pueden empezar a emigrar sin que el consejo de administración pueda hacer gran cosa: un desconocido accionista minoritario, un propietario de un paquete cualquiera puede decidir, por ejemplo, "vender Colonial" con una simple llamada, un sms o un correo electrónico.

Si las órdenes de venta son sucesivas y en momentos clave -por ejemplo, porque la empresa atraviese dificultades en la renovación de sus deudas bancarias-, el valor de las acciones de la empresa baja y baja, porque damos por hecho que nadie compensa la situación comprando acciones de la compañía en cuestión. Si me permiten la metáfora, el batacazo en el mercado (de valores) lleva aparejados la retirada de la alfombra roja y el ring-ring sin respuesta en el móvil del bancario (ex) amigo. Perro flaco y pulgas, una estrella fulgurante de la empresa nacional puede -de repente, al menos a los ojos del gran público- convertirse en objeto de duda y confirmación del género "se veía venir" y "yo llevo tiempo diciéndolo", si no de escarnio cainita "made in Spain". Evidentemente, hablamos de la crisis de Inmobiliaria Colonial y de su máximo accionista (40 por ciento) y hasta la semana pasada su presidente, Luis Portillo. Nazareno, por ser natural de Dos Hermanas. Sufriendo su semana de pasión en esta entrada de año.

Dos pinceladas resumiendo los ríos de tinta de estos días. Primera: es cierto que los ingentes créditos de Colonial-Portillo (teóricamente bien contrapesados por sus activos) están en buena parte vinculados a la evolución de sus acciones en Bolsa, de forma que, si ésta es a la baja, aquéllos se endurecerán: los bancos han apretado las clavijas a Portillo para seguir apoyando sus operaciones, y eso ha hecho que la minoría del consejo tenga fuerza para hacerlo salir del sillón presidencial y del propio consejo, a la vez que ha obligado al andaluz y sus pretorianos a vender acciones para crear liquidez y hacer frente a sus deudas.

Segunda (que ha consumido mucha menos tinta): la mayor parte de los ingresos -más del 70 por ciento- de Colonial provienen del alquiler de inmuebles, con lo que se encuentra bastante a resguardo del cacareado temporal inmobiliario. Esto, en principio, no cuadra con las acusaciones que ponen el énfasis en que el empresario no ha gestionado bien y ha seguido creciendo en un mercado que estaba claramente a la baja: el alquiler de inmuebles no está a la baja ni en España ni en Francia.

Dejemos de lado especulaciones sobre si su condición de recién llegado y su osadía en hacerse con un 15 por ciento de la FCC de Koplowitz han hecho al poder en la sombra esperarlo a la vuelta de la esquina con todo su arsenal de influencias (veremos cuánto es capaz de aguantar Luis Portillo ese paquete que es un auténtico póquer de ases encima de la mesa). Podemos afirmar la mano negra, podemos negarla; pero es un debate ocioso, un canto al sol. Podemos con más sentido afirmar que este cuarto catacroc inmobiliario en un corto espacio de tiempo en España puede tener un efecto dominó sobre un buen número de grandes del sector, aunque ese efecto tenga tanto de temor especulativo como de justificación material.

Cuando muchos se aprestan a hacer leña del árbol caído y a confirmar todo tipo de supuestos presagios técnicos, podemos atisbar el futuro de Luis Portillo como uno donde tiene cabida, tras la pasión y crucifixión pública, la resurrección.

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