Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Dos pasiones

ANTES de empezar una declaración de principios: no sé si me gustan las toros. Me consta que hubo una etapa en mi vida en que fui un aficionado discretísimo, pero después mi simpatía fue empalideciendo más por pereza que por convicción hasta convertirse en un mero reflejo de la memoria. Respecto al fútbol, paso por una situación semejante. No me molesta encontrarme por azar en la televisión con un partido. Eso sí, ocurre en contados casos. Veo rodar el balón con la misma concentración con que sigo los rebotes de una bola de pinball, aunque luego, si me preguntan, descubro que desconozco el nombre de los equipos que competían.

Supongo que mi desafección por ambas manifestaciones está relacionada con una tendencia más profunda y general al escepticismo. Ojalá pudiera recuperar el antiguo interés, pero no es posible. Por eso me interesa la decadencia de ambas españolísimas expresiones: la artística y la deportiva. El domingo, en Píñar, un pueblecito de Granada, hubo corrida de rejones para celebrar las fiestas de Santa Mónica. Uno de los toros resultó ser un manso extraordinario o burriciego. O quizá un toro melancólico, una suerte de filósofo con cuernos y con tanta bilis como dudas. ¡Quién sabe cuál es el motivo auténtico por el que los toros tardean, además de la calidad del pienso y otros asuntos técnicos!

La cuestión es que el toro manseaba y decidieron cambiarlo. El problema es que no sabían cómo sacarlo de la plaza, hasta que alguien sugirió meter en el ruedo una excavadora no se sabe si para empujar al animal a toriles o para qué. ¿Quizá para torearlo? Algunos espectadores lo entendieron así al ver al animal embistiendo, por fin, contra el artefacto. ¡La máquina de Santa Mónica! Dos esdrújulas que resumen la pugna clásica del siglo XIX: el hombre y la máquina, salvo que ahora el hombre había sido sustituido por el toro. La excavadora y el animal participaron en una escena brutal e inédita, digna de figurar, como otras tantas rarezas, en el Cossío. Al final, el toro fue muerto a espada. ¿Charlotada o depravación? La charlotada es casi siempre una forma de la depravación.

El mismo domingo, un rato más tarde, el Real Madrid ganó la liga. El gozo se transformó en ira y, también en Granada, donde ni hay equipos importantes ni coso de primera, algunos hinchas causaron serios altercados. ¿Una pasión desbocada o una estupidez sin control? ¿Cómo un gol remoto se transforma en botellazo? La máquina y los exaltados, dos ingredientes para ofuscar la pasión de la raza. Igual estamos dejando de ser españoles. ¿Nos hubieran invadido hoy los franceses? Quiza nos estamos amansando. ¡Que suelten la excavadora!

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios