la ciudad y los días

Carlos Colón

Los pasos de nuestra vida

PUEDE caber la eternidad en unos ojos? Sí, en los de la Macarena. ¿Puede todo el dolor del mundo, los sufrimientos, humillaciones y agobios padecidos por todos los seres humanos que han vivido, viven y vivirán, caber en un cuerpo humano? Sí, en el del Gran Poder. ¿Pueden los limitados medios del arte hacer visible el exacto instante en que el alma deja el cuerpo atormentado para ascender hasta Dios, convertir el espasmo atroz de la agonía en la gloria de la ascensión? Sí, en el Cachorro.

¿Es posible vivir por un instante a resguardo del tiempo, bajo la luz clara de un presente absoluto? Sí, en la mañana del Domingo de Ramos. ¿Puede caber una vida entera en una semana? Sí, en la Semana Santa: alegría infantil del Domingo de Ramos, fuerza joven del Lunes y el Martes Santo, madurez del Miércoles Santo, serenidad del Jueves Santo, plenitud de la Madrugada, cansancio antiguo del Viernes Santo, postrimerías del Sábado Santo.

¿Se puede ser a la vez el niño que fuimos, el hombre que somos y el recuerdo que seremos para quienes nos quisieron? Sí, ante los pasos de nuestra vida. Cada cual tiene los suyos. Pasos que son como un espejo que refleja toda nuestra vida y nos la devuelven intacta, entera, no mordida por el tiempo. Pasos que, cuando muramos, les dirán a los nuestros la verdad más íntima de nuestras vidas y nuestras almas, les revelarán cómo fuimos y cómo quisimos ser, a qué aspiramos y qué aguardamos.

Los míos más antiguos son los de San Juan de la Palma y la Macarena. Toda mi vida cabía la semana pasada en el breve espacio que separaba el paso de la Amargura y el del Desprecio. Toda mi vida cabe hoy de la alta y danzante cruz de guía de carey y plata a la marcha Amargura que cierra la cofradía como si fuera el manto deshaciéndose en música. Toda mi vida cabe cada mañana de Viernes Santo entre la casa de Miura y la puerta Norte del mercado de la Encarnación. Ni la una ni el otro existen ya, pero ese mundo revive y todos los míos y vuelven, y me abrazan, cuando pasa la Esperanza bajo mis antiguos balcones.

Escrito está en el Cantar de los cantares: "Fuerte como la muerte es el amor; saetas de fuego sus saetas, una llama de Yahvé. Ni los mares pueden apagarlo, ni los ríos anegarlo". Bien lo sabemos en Sevilla. Nos lo enseñó la ciudad cada noche de Domingo de Ramos alzando casas y torres para crear el recogimiento de una plaza; elevando una iglesia para que fuera necesario tender una rampa que sonara a latido; creando un paso de oro y fuego; y poniendo sobre él al Amor mismo consumido por amor. Bien sabemos en Sevilla que el Amor, llama de Yahvé, es más fuerte que la muerte.

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