Por montera

Mariló Montero

Una de peces

ESTABA escribiendo que siempre los peces me habían despertado cierta simpatía. De repente, he reflexionado -poco, la verdad- y me he dado cuenta de que ni hablar. Creía que en mi niñez pudieran haberme resultado simpáticos los peces, pero lo cierto es que no tengo mucho pasado con ellos a pesar de que viví a la orilla de un río. Ítem más, recuerdo una anécdota por la que empecé a odiar a los peces antes de que un andaluz con bigote, muy supersticioso, me dijera aquello de que tenerlos en casa mirándote desde la pecera como el ojo de Orwell da mal fario. ¡Y es cierto! Nos cayó en un tira-pichón de feria una de esas cajitas con un pez rojito chapoteando -todos son rojitos, qué gracia- y quise tanto despertar la responsabilidad en mis hijos por su cuidado que emprendí a lo Norman Foster en pleno boom inmobiliario la construcción de un palacio de cristal digno de Disney.

Flavio era un compañero de la televisión en Costa Rica. Compartíamos un despacho cuyo flamante pasado fue un trastero. A falta de presupuesto me dediqué a limpiar las paredes con una goma de borrar. Hay que ver qué buenas salen algunas. Él, en su aportación por hacer de aquel agujero un espacio agradable, plantó una gran pecera en la que pululaba un pez. Un solo pez en una urna más grande que las del Un, Dos, Tres. Flavio y yo teníamos una relación tan amable como el mordisco de una piraña. Un mal día, Flavio cayó muy enfermo. Temí por su vida, la verdad. Durante su larga ausencia cuidé a su pez como a un hijo. Le puse nombre, apellidos, aprendí a atenderlo y tal. Cuando me dijeron que Flavio regresaría, el entusiasmo me llevó a hacer limpieza general en la pecera y a llenarla de rocas, árboles submarinos y piedrecillas de colores con el objetivo de que mi compañero se encontrara una familia de pececillos pululando en un magnífico aquarium. Había escuchado que el agua debe mantenerse, así que eché la bolsa de piedrecillas y una tremenda nube de tierra, cual bomba de Hiroshima, invadió el espacio. Asustada por la catástrofe, traté de socorrer al animal. Más asustada aún, tomé otra decisión precipitada. Volqué la pecera en el retrete con la voluntad de que mi mano fuera un colador para rescatar al escurridizo bicho. La pecera se vació. Totalmente. Y Flavio a punto de incorporarse. Una amiga experta me montó un pecerón digno de premio. Pero a Flavio aquello le pareció la traición de un tiburón.

Y todo esto viene a cuento porque iba a defender la fiesta ancestral del pueblo belga de Geaardsbergen, donde se quieren cargar su tradición de tragarse un pescadito vivo en una copa de vino tinto para entrar con fuerza en primavera. Después de mi experiencia en peces es mejor dejarlo.

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