la tribuna

Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña

El peligroso fraude del "querer es poder"

UN buen amigo, político -para su desgracia- de profesión, suele reprocharme que decir, como hago yo habitualmente, que no todo el mundo sirve para emprender, puede llegar a sonar "un poco nazi" (sic). Su discurso, por el contrario, es exactamente el opuesto. Según él, cualquiera puede hacerlo si se esfuerza.

Quizá el mío sea un discurso políticamente incorrecto. Sin embargo, creo que, al contrario de lo que le ocurre a él, y en general a los políticos, puedo decir lo que realmente pienso sin necesidad de medir mis palabras.

Se ha instalado entre nosotros una especie de discurso del optimismo existencial que nos repite cosas como que "si quieres, todo lo puedes" o que cualquiera "puede ser el nuevo Amancio Ortega". A mí ese discurso me parece irresponsable. Y lo es porque lanza y anima a crear empresas e iniciar un recorrido laboral por cuenta ajena, a personas que, o bien no tienen la formación necesaria para ello, o bien no tienen el espíritu recomendable. Si fuera tan sencillo como "querer es poder", yo mismo sería jugador de la NBA, pero no es así.

El discurso irresponsablemente optimista tiene como resultado empresas quebradas, dinero perdido, inversores enfadados y proyectos empresariales fallidos. Y, en ocasiones, también con una dramática situación para el emprendedor, que se queda sin su último cartucho: el capital necesario tras haber capitalizado su paro o haber invertido ese "colchón familiar" para los próximos años. El libro Yo me arruiné emprendiendo, de Javier Echaleku, nos puede dar una idea de lo que sucede.

En alguna ocasión he intentado razonar sobre esto con responsables políticos, argumentando que no deben encender la máquina de generar falsas expectativas y crear emprendedores en cualquier circunstancia, animando indiscriminadamente a cualquiera que quiera oírlo a montar su propia empresa. La respuesta ha sido siempre la misma: "Deberíamos animar a la gente, porque si no aquí no se lanza a emprender ni Dios, y no hay más salidas en el futuro cercano". En algún caso, que por respeto y amistad creo que no es necesario identificar, he presenciado un doble discurso terrible: en un acto público se animaba a emprender y se alababa el espíritu emprendedor de la gente joven de una comunidad concreta, y en el cóctel posterior esa misma persona me decía: "Qué quieres que les cuente, aquí quieren ser todos funcionarios y tenerlo calentito, no quiere hacer cosas ni Dios".

Ese falso discurso del optimismo de la nada, ese mensaje que alguno quiere hacernos creer de que si no eres como Picasso es porque no lo has deseado con todas tus fuerzas, y el discurso político de animar a cualquiera y en cualquier circunstancia a buscarse la vida y montar su empresa propia, son poco efectivos y generan fracasos y, en ocasiones, dramas personales. Además genera un enorme ruido. Son pocos los recursos para autónomos y emprendedores, y deben compartirlos los "animados sin sentido por terceros" y "los que ya venían animados y preparados desde casa", con el evidente perjuicio para estos últimos.

Actualmente intento compartir mi experiencia propia a través de mis libros, cursos, conferencias y mi actividad diaria en blogs o en Twitter. Para algunas personas quizá pueda resultarles inspirador, y les ayude a convertirse en empresarios algún día. Sin embargo, otros se darán cuenta que eso no está hecho para ellos. Es precisamente de estos últimos de los que me siento más orgulloso.

Si una persona siente la llamada de la selva, dará igual lo que yo pueda decir o escribir, dará el salto sin pensarlo. Pero cuando una persona se pone en contacto conmigo y me dice que, tras escucharme o leerme, se ha dado cuenta de que emprender no es verdaderamente su meta, siento que he hecho algo útil: he colaborado a que no cometa un error que podría haberle costado caro.

Animar a emprender de forma indiscriminada, hacer recuento de proyectos emprendedores al peso, como hacen algunas administraciones sacando pecho en los medios de comunicación con mensajes como "hemos ayudado a crear X empresas", tiene poco valor y está generando un largo reguero de fracasos. Debe emprender el que de verdad lo desee, el que ciertamente se sienta preparado para ello y el que considere que está capacitado, formado y que ha llegado su momento.

Debemos dejar que emprenda quien quiera, quien esté preparado, y en su justo tiempo. Así, tal vez algún politiquillo de medio pelo no se pueda poner medallas en público comentando cifras concretas, si bien las vocaciones serán reales y los resultados mejores.

No consiste en lanzar a miles de personas a la línea de salida de forma irresponsable. En mi opinión, consiste en intentar que aquellos que de verdad quieran ponerse en la línea de salida acaben llegando a su destino. Y para eso no les está ayudando nadie.

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